La tormenta fiscal perfecta

Quizás el lector conozca una deliciosa serie británica de los ochenta: Si, Ministro. Cuenta las peripecias de un ingenuo miembro del gobierno inglés y su lucha contra la inteligente burocracia que le ganaba todas las batallas. El ministro intenta sacar adelante sus proyectos frente a las tácticas dilatorias del Alto Funcionario cuyo objetivo es evitar que los políticos se entrometan demasiado en la Administración que, frente a las reformas prometidas en la campaña, sostiene que en los primeros meses hay una enorme cantidad de asuntos pendientes y prioritarios. Más adelante le dirá que existen dificultades técnicas, políticas o legales: “las dificultades legales son las mejores porque pueden ser absolutamente incomprensibles y eternas”, argumenta. Al final, dilapidada la legislatura y ante la proximidad de las elecciones, claudican frente a la burocracia.

Esos guiones –de eterna actualidad- no están sesgados contra los funcionarios. Recogían también la vanidad de los políticos, su dependencia enfermiza de la prensa, el clientelismo, la separación de la política necesaria y la política electoralista (casi siempre gana la segunda) así como otras críticas que no pasan nunca de moda, haciendo patente la dificultad de los cambios. Lo sabemos bien en esta Asturias gatopardista, tan afectada de la famosa paradoja expuesta por Giuseppe Tomasi di Lampedusa.

Pero, la insidiosa covid-19 con sus aciagas consecuencias también tiene su replica en la cosa pública. Cuarenta años después, vuelve a hablarse de la Reforma de la Administración en Asturias. El presidente del Principado quema sus naves encargando al vicepresidente esa relevante tarea casi en exclusiva. Un riesgo porque la faena consume demasiadas energías, genera innumerables conflictos y, lo que es peor: sin garantías de agrandar el caladero de votos. Además, alimenta la pólvora de los rivales para ser acusado de gerencialista por la izquierda y de intervencionista por la derecha.

Editorial de La Nueva España, 28-6-2020

Quizás no quede otro remedio. Aunque tal proceder pudiera venir inspirado en aquella máxima de Winston Churchill para nunca desaprovechar una buena crisis, en referencia a cómo la situación posterior a la Segunda Guerra Mundial permitió poner en práctica una serie de políticas sociales y económicas que, en la ausencia de una crisis, ningún Gobierno hubiese podido implementar.

¿Se trata de un reto de auténtica conciencia política o de inefable oportunismo? En mi opinión -así lo pienso- el coronavirus ha removido muchas conciencias. También la institucional. Este es el momento para acometer este aspecto estratégico. Me creo obligado a cambiar el comedido registro y el tono de las entradas del blog para destacarlo. Los grupos políticos asturianos también han lo han entendido así.

Hay que anticiparse al futuro inmediato, que viene negro. Una tormenta fiscal perfecta se avecina. No por la pandemia (que también perjudica lo suyo, es bien sabido) sino por la financiación autonómica asturiana que inevitablemente disminuirá como la población relativa. Igual que se desplomará la recaudación tributaria o las posibilidades de endeudamiento creciente.

Estamos ante el primer intento estratégico de contener el gasto público, a largo plazo y desde dentro, no esperando soluciones externas. 

Ahora se trata de modernizar las estructuras. Lo anecdótico es la posible duplicidad de actividad. En tiempos de los algoritmos y de la inteligencia artificial, hay que apuntar alto. Llevamos siglos anunciando y fracasando en reformas. Jovellanos ya sintetizaba, en su informe acerca de la Ley Agraria, los múltiples “estorbos a remover”, tanto físicos, como morales o políticos. Y pudieron con él, aunque nos regaló a todos los españoles La Ilustración.

El asunto, hoy, pasa inevitablemente por reconsiderar las fronteras entre lo público y lo privado, como han ensayado en estos años muchos gobiernos europeos de variado signo y tradición. Menudo melón. Se buscaba un cambio de paradigma en el sistema de planificación y control del gasto con abandono definitivo del régimen preexistente incrementalista basado en la discrecionalidad negociada.

Desde hace años los hacendistas y los administrativistas apuntan que la introducción de cualquier reforma de la administración financiera requiere que se ejerza un fuerte liderazgo como describieron con maestría Metcalfe y Richards en el clásico manual La modernización de la gestión pública (1989). Conflictos con los sindicatos, con los usuarios de los servicios o simplemente con sus votantes son una apuesta sólo al alcance de verdaderos patriotas. El tiempo se acaba. Debemos ser conscientes la magnitud de la tragedia que nos va a tocar vivir con un modelo de Administración autonómica que no es sostenible.

España tendrá la ayuda de la Unión Europea, pero las subvenciones deberán venir agradecidas con un programa de reformas. Yo te ayudo si tu te ayudas.

La crisis, el juego de poderes o las resistencias burocráticas parecen haber congelado las iniciativas de gestión a favor del puro y simple recorte. Hasta ahora, las innovaciones en esta materia presupuestaria a escala local se han orientado por su faceta participativa y transparente (que no es poco), postergando su distribución por resultados o de base cero. Ha venido primando “el arte de lo factible”. Táctica pura para salir del paso. Ya no vale.

Poco o nada se ha avanzado en España para introducir un elemento incentivador o competitivo en el sector público, como el control de los resultados de los servicios o en el acceso o la retribución de los empleados públicos, cuando el impacto de la automatización coincide con el envejecimiento de las plantillas y muchas jubilaciones en los próximos años.

El año pasado la Revista Vasca de Gestión de Personas y Organizaciones Públicas dedicó un número monográfico a la Innovación Pública. Incluía brillantes aportaciones (Conchi Campos, Xavier marcet, Francisco Longo, y bastante primeros espadas más) entre las que destaco el artículo de Andrés Pastor y Pedro Nogales titulado El futuro del trabajo en la administración pública. Ahí, los autores concluyen:

El modelo actual de administración pública no es sostenible ni siquiera válido para el futuro. Es necesario adoptar una visión estratégica, en relación a la configuración de la función pública para adaptarse a la ineludible transformación de la cuarta revolución que incluya las estructuras administrativas, las pruebas de acceso, los modelos de gestión de personal y los procedimientos administrativos adaptados a esta nueva realidad“.

Es sabido que los buenos capitanes se conocen cuando navegan en las tormentas, pero siempre que no pierdan el rumbo y cuenten con buena tripulación; también ayuda que el pasaje no intente amotinarse. La tarea es peliaguda. Nosotros todos seremos los beneficiados de enfrentar seriamente esta situación. Exigirá mucha pedagogía por la cantidad de sectores afectados, trufado de cantos sirena o de agravios, de líos sin fin. Será una aportación de altísimo valor, incluso fracasando, sólo por intentarlo. No es cuestión de ideologías o partidos, sino de saludar con esperanza unas medidas objetivamente necesarias, evocando la advertencia de Miguel de Unamuno “progresar consiste en renovarse” que derivó en el conocido reto: “renovarse o morir”. No lo desaprovechemos.

Una versión de este artículo fue publicada en La Nueva España

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