Recuerdos de adolescencia

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Oviedo, como el resto de las ciudades, es la suma de varios oviedos. Aunque hay una tendencia creciente a la uniformidad y despersonalización de los barrios, cada zona tiene su peculiaridad, sus diferencias. Un espíritu distintivo que se ha ido conformando con el paso de los años.

La década de los 60 supuso para toda Asturias un importante crecimiento. La autárquica economía nacional se transformaba poco a poco, siempre bajo el corsé del régimen franquista. Los arrabales de las ciudades comenzaron a poblarse con nuevas edificaciones y calles sin asfaltar. Era el precio del desarrollo. No nos pongamos sentimentales que era un precio justo. Las ciudades han sido fuente de oportunidades y el principal foco de innovación que han conducido al crecimiento económico y al desarrollo social.

El barrio ovetense de Pumarín (así llamado por su origen en pequeños campos poblados de manzanos) fue un ejemplo de aquellos tiempos: lugar vivo de clase obrera, donde los nuevos e impersonales edificios iban ganando el terreno a las casas antiguas de una o dos plantas, que paulatinamente desaparecían con la expansión. Era la época del pluriempleo porque con el sueldo del primer empleo no daba para vivir, donde muchos adolescentes trabajaban y entregaban su jornal en casa, que la madre administraba con autoridad.

Los colegiales acudíamos andando a lejanos centros escolares. Muchos de mis amigos caminaban encantados dos veces diarias el trayecto –ida y vuelta- al Colegio Loyola distante dos kilómetros del barrio, como el Hispania -hoy sede del colegio de arquitectos, junto al Campillin- o el San Isidoro, hoy sede del Colegio de abogados, junto a la Catedral. Con tanto “deporte” nadie parecía echar en falta zonas verdes. Los lentos (o inexistentes) instrumentos de planificación urbana de esa época permitieron sobrevivir largos años a bastantes solares donde jugar a la pelota horas y horas. O donde pasear perros sin collar, sin correa y sin tener que recoger los excrementos. La cercanía del Naranco (la Cuesta como lo denominaban coloquialmente nuestros abuelos) permitía el esparcimiento de quien no quería acudir al centro de la ciudad a ver los vanguardistas escaparates de la calle Uría.

Al final de la zona urbanizada se encuentra la fuente de Pando que aporta desde hace siglos agua mineral muy valorada por los vecinos, a quienes puede verse todavía hacer cola para llenar botellones. Una fe excesiva en sus propiedades, desde mi escéptica opinión, en vista de la edificación actual del entorno. Un monumento de cantería, rodeado de un banco corrido de piedra donde descubrí el primer cigarro y el primer beso, donde las pandillas de la época recalaban al atardecer, con algún tocadiscos o radio. Cuantas conversaciones y confidencias habrá escuchado este monumento con el paso del tiempo.

La década de los 70 trajo al barrio dos importantes “salas”, símbolo de los nuevos tiempos. Por una parte, el Palladium, cine de arte y ensayo con proyecciones que los pocos adolescentes que lográbamos pasar no entendíamos, más fascinados por ver algún desnudo que por la circunspecta interpretación del “mensaje”. Con el tiempo fuimos comprendiendo alguna cosa más. Sería injusto hablar de la transición política en Asturias sin homenajear aquellas iniciativas de sus promotores y de la Extensión Universitaria que la apoyó con descuentos para los estudiantes.

Otra nueva “sala” fue la discoteca Brujas (hoy Estilo) donde se amontonaban los jóvenes con pantalón de pata de elefante en busca de chicas en tiempos en que se sacaba a bailar mientras bolas de colorines con música disco aturdían bajo el trasiego de cubatas. Con ello la fuente de altercados estaba servida, pero también estaba próxima la solución, con un Cuartel de la Guardia Civil cuyo viejo alzado y presencia surtía efecto apaciguador, y frente al cual transitaban por entonces los SEAT seiscientos, los 850, los 124… o sea un bingo de vehículos que no pasaban otra ITV que el amigo manitas que conseguía que no se parase.

Pero no todo era fiesta, porque próximo estaba el Colegio La Inmaculada, con sus chicas de uniforme azul marino, vigiladas por monjas, y que salían de los muros del colegio en pos de los sueños de príncipes azules. Y como no, la Parroquia de San José de Pumarín, donde los domingos debían desfilar las familias al completo.

Otras salas muy frecuentadas eran los recreativos con billares, máquinas de bolas (pin-balls) y los maravillosos futbolines -aportación hispana al ocio juvenil- en dura rivalidad frente rufianes y desocupados de la época. Hoy, los chavales compiten desde el sofá del salón al fútbol virtual frente a aficionados del otro extremo del planeta, en pantallas de alta definición con jugadores que bien parecen reales. En plena expansión de la industria de los videojuegos, de los teléfonos inteligentes y de las redes sociales, nos evocan verdaderas piezas de museo, como las máquinas de discos que amenizaban el local entre los ruidos y el jaleo. Eran las tecnologías punteras de una época no tan lejana, tan sólo cuatro o cinco décadas.

En “la economía de la identidad”, George Akerlof (premio Nobel en 2001) explicó las decisiones individuales como resultado de pertenencia a un determinado grupo, sociedad o nación. Sería interesante comprobar cómo habrá influido aquel estilo de vida en mi generación, en muchas decisiones individuales que sus autores tomaron porque creían sesudas y razonadas, cuando en realidad son emocionales fruto de su trayectoria vital.

Pero permítanme terminar con dos recuerdos, entre muchos de aquellos años. Por un lado, los numerosos bares y tabernas, donde los chatos y las sidras con pincho de tortilla eran el lujo del trabajador, sin necesidad de máquinas tragaperras y un lugar donde leer La Nueva España. Por otro lado, en una desvencijada casa de planta baja en la avenida de Pando, la anciana señora Pilar vendía todo tipo de chucherías (incluidas las inolvidables pastillas de leche de burra), de revistas y también “cambiaba cuentos” por un modesto precio. Una práctica habitual en otros muchos lugares, que nos permitía una vez leído un tebeo (hoy diríamos comic) o una novela gráfica, canjearlo por alguno de su fondo usado y ponerlo en circulación para que otro chaval hiciera otro tanto. El asunto obligaba a no deteriorar en demasía el producto -que tendría difícil salida- y nos permitió a los adolescentes leer cientos sino miles de ellos.

Edward L. Glaeser, profesor de economía de Harvard (“El triunfo de las ciudades”) afirma que cualquier ciudad, por pequeña que sea, de hecho está dividida en dos: la ciudad de los pobres y la ciudad de los ricos. Nacer y vivir en la primera fue muy divertido, sobre todo gracias al ascensor social que en aquel momento significó la universidad. Hoy no diría lo mismo, pero eso es otra historia.

Publicado en la Nueva España el 1 de octubre de 2017

Plural: 5 comentarios en “Recuerdos de adolescencia”

  1. Tuve la fortuna de encontrarme con la versión impresa de este estupendo artículo, y no solo (me insiste la RAE que solo ya no se acentúa) eso. A su vez lo compartí con un escritor-pensador y con uno de los científicos más interesantes del CSIC. En especial cito:

    “Nacer y vivir en la primera (la ciudad de los pobres) fue muy divertido, sobre todo gracias al ascensor social que en aquel momento significó la universidad. Hoy no diría lo mismo, pero eso es otra historia”.

    Hasta que voilà se me encendió la campana. Creo que uno de los ascensores sociales hoy es… ¡tachán!

    “el iPhone en sentido amplio”.

    Vamos el que tiene buen hardware y un ecosistema de software bastante seguro que permite parcelar, filtrar y ordenar la información, escribir mejores mensajes, ser más rápido y más efectista, enriquecer los proyectos y la vida con esquemas, fotos vivas, realidad aumentada, presentaciones… cuidar las relaciones para compartir y aprender, dominar idiomas y tener visión etc

    En el fondo la base es como era antes, pero ahora resulta más rápido aunque al igual que antes, mejor cuanto mejor sea el profesor compañero de la nueva escuela, mejor.

    El iPhone es un sistema, un distribuidor bidireccional de vida analógica y digital.

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  2. Prezado Antônio,
    O seu texto sobre Oviedo é uma das melhores páginas literárias que já tive a felicidade de ler.
    Peço-lhe permissão para divulgá-lo no Brasil, a partir da Academia Sergipana de Letras à qual pertenço.
    Do seu admirador e amigo
    Carlos

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