Cómo saber si soy tóxico 

Recibí esta semana la alerta de la Revista de Negocios de la Universidad de Harvard (HBR.org) que permite leer gratuitamente un par de artículos al mes a los usuarios registrados. Elegí un título sugerente: Cómo trabajar con alguien que crea conflictos innecesarios.

No existe un entorno de trabajo libre de conflictos. Es más, los líos y los enemigos internos forman parte de la vida laboral como los trienios de los funcionarios. Con el tiempo, en la vida y en el trabajo, todos vamos coleccionando cadáveres en el armario. Son inevitables. Los amigos se eligen, los compañeros se soportan y los jubilados ya no importan. Los gurús más optimistas entienden que estas refriegas, cuando se gestionan bien, son saludables para las organizaciones pues permiten aprender y crecer. No faltará quien opine lo contrario. Cuántas energías se desperdician en las burocracias contaminadas de la Administración o de las grandes empresas.

Hay sectores donde podríamos entender una cierta fatiga mental inevitable ante la enorme precariedad, la competencia o la exigente atención al servicio que influyen en la carga de trabajo y generan negatividad. En la actualidad, esto vale para los hospitales. Lo sorprendente es que algunas organizaciones con mucha creatividad y autonomía profesional, como son las universidades, mantengan una larga tradición de rencillas y discrepancias internas entre algunos de sus mejores académicos.

Hay personas que favorecen los conflictos. La mayoría de los empleados están dispuestos a escuchar y debatir una perspectiva diferente si se presenta con respeto. El problema es esa otra minoría tóxica que carece de empatía, no comparte la información y participa en todos los chismes y quejas; esos que son de “todo o nada”. No siempre parecen desagradables o aquello que antes llamábamos maleducados. Cuando son persuasivos y manipuladores aumenta el peligro de enemistar a toda la organización. Hay un consenso generalizado para huir de todos ellos, entre otras cosas porque contagian más que la variante Delta.

Ignorarlos tampoco funciona, sobre todo en determinados niveles. Entonces ¿cómo reconocerlos? Primero, por un hecho incontestable: la alta rotación de sus colaboradores (ya lo apuntamos hace 14 años) que salen tarifando en cuanto tienen la mínima oportunidad, convirtiendo algunos departamentos en verdaderos cementerios de elefantes. ¿Saben cuál es la principal razón para cambiar de trabajo? Pues: cambiar de jefe. Yo lo he padecido y he visto desearlo a muchos profesionales, algunos muy brillantes. Contemplado en positivo, hay una virtud del jefe chambón: redistribuye el talento. Nada estimula más el estudio o el ansia de promoción que un jefe colérico o acomplejado.

Lo siento si a usted le ocurre; hágaselo mirar. Si -además- nunca se cuestiona que pueda estar equivocado, yo me preocuparía; o si tampoco lleva a las reuniones ninguna propuesta de solución cuando su trabajo entra en conflicto con otros. Esos son los peores, pues el jefe debe lidiar solo con un problema del que quizás desconoce todas las alternativas a su alcance.

Una de las obligaciones del directivo es resolver estos desacuerdos y convivir con tóxicos. Ya lo decía Steve Jobs a sus ejecutivos: “Si no quieres tener líos entonces pon un puesto de helados. No es posible agradar a todos”. Algo apuntaba la ciencia al constatar que varios ratones en cautividad en la misma jaula generaban hostilidad, mientras que si se mantenían en distintas jaulas pero pudiendo observar la presencia de los otros, el estrés se reducía.

Hoy, que la palabra mantra de las organizaciones es la Sostenibilidad, tanto ambiental como financiera, no olvidemos la sostenibilidad humana que es también esencial. Javier Llaneza, presidente de la Sociedad Asturiana de Ergonomía, trata este delicado tema en su completo manual de casos prácticos sobre psicosociología aplicada a la prevención de riesgos laborales. Se denomina “injusticia organizacional”.

El teletrabajo consiguió evitar el contacto físico directo y, quizás, diluir parte de estos problemas pero también de las relaciones con los compañeros. Todo un gran desafío. Exige nuevas formas de liderazgo y desarrollar sensibilidades emocionales distintas, con nuevas de promover la creatividad y la motivación. Empiezan a divulgarse gran cantidad de estudios sobre los efectos positivos o negativos de la ausencia de presencialidad (de un día para otro) y la separación de los equipos. Parece que la experiencia ha permitido avanzar hacia un modelo híbrido, generando una cultura corporativa más cohesionada, no desvinculada por el aislamiento del trabajo en remoto. Eso que los modernos del management llaman el alineamiento.

El problema será para quienes se han acostumbrado a trabajar desde casa, sobre todo en las grandes ciudades.

Comunicarse por correo electrónico obliga a reconsiderar todas las teorías. También los ambientes nocivos. Asimismo, el estrés añadido de la mujer la “triple tarea (frente a la clásica doble tarea). La doble tarea de la mujer trabajo-casa se ha convertido en una tercera que es la acción simultánea de ambas, que incrementan las exigencias de atención y de carga mental”, como lúcidamente apunta Llaneza. Pero eso es otra historia. Reconozco que durante mi época de cargo institucional no llegué a publicar esto en la prensa. Perdón por la autocensura, que sólo contribuye a engordar la dictadura de lo políticamente correcto.

Sobre el uso permanente del e-mail, debemos apuntar que revisar constantemente la bandeja de entrada puede crear ansiedad y un flujo de trabajo no estructurado con solo pequeños intervalos para pensar y para realizar la actividad central del propio empleado. La banca lo sabe bien. Antes de la pandemia, llegó a tener adeptos aquella propuesta para suprimir esos correos durante los viernes, algo  que recogíamos hace una década e inconcebible hoy dia. Si usted es teletrabajador y pone en copia a multitud de colegas no involucrados en el asunto y ABUSA DE LAS MAYÚSCULAS para enfatizar el mensaje áspero, puede estar incubando esa toxicidad; tenga cuidado, dicen los expertos.

Para estas situaciones de conflicto, nada mejor que una vacuna de retranca inteligente, que los gallegos han elevado a la categoría de arte; hasta el punto de celebrar en Lugo (2015) todo un festival de la retranca. Hay mucha elegancia y respeto en sus respuestas sutiles.  “Si te dijera la verdad te mentiría”. Una mezcla de doble intención e ironía sin malicia, pero con sentido de humor. A veces riéndose de uno mismo, que es el verdadero antígeno para confirmar que uno está libre de mala leche. Como dice mi buen amigo Suso Graña, de la Universidad de Vigo, cuando no quiere incomodar a su interlocutor: “por un lado ya ves y por otro … ¡qué quieres que te diga!”. Entrañables.

Suso Graña en pleno debate

Una versión de estas reflexiones fue publicada en La Nueva España

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