Hoy, Transparency International ha hecho público el Índice de Percepción de la Corrupción. Tal y como se esperaba, España ha vuelto a descender: ahora obtiene el puesto 36 (de 168 países) con una nota de 5.8.
El ranking de honestidad lo vuelven a encabezar los países nórdicos: Dinamarca (segundo año consecutivo), Finlandia y Suecia. Lo cierran, como siempre, los Estados fallidos (Sudán, Irak, Afganistán, Somalia, Siria, Libia) y repite la República Bolivariana de Venezuela (¡puesto 158!) como país más corrupto del mundo civilizado.
En esta edición, España ha alcanzado las puntuaciones más bajas de los últimos quince años. Así, el año pasado ocupaba el puesto 37 con 6.0 puntos, consolidando la puntuación que recibió en 2013, tras descender 10 puestos respecto al año 2012. Estas puntuaciones suponen la continuación en el cambio de ciclo que se inició a partir de la crisis económica, que hizo que España pasase de puntuaciones de 7,1, en un declive paulatino a puntuaciones por debajo del 6. Que lejos queda aquel 6.5 del año 2008, con el puesto 28 de la clasificación.
El estudio destaca que los países de las primeras posiciones presentan características comunes, como un alto nivel de libertad de prensa, acceso a información sobre presupuestos que permite que los ciudadanos sepan de dónde procede el dinero y cómo se gasta, altos niveles de integridad entre los cargos públicos y un poder judicial independiente.
El Índice de 2015 muestra que más de dos tercios de los países presentan graves problemas de corrupción al no lograr el mínimo de 50 puntos, fenómeno transfronterizo en el que está la mitad del G20 y todo el grupo de los BRICS (Brasil, Rusia, la India, China y Sudáfrica). “Más de 6.000 millones de personas viven en países con un nivel grave de corrupción”, denuncia la nota de prensa de Transparency.
España …
España obtiene el peor resultado de la historia y sólo queda delante de tres países menores que aprueban raspado (Croacia, Hungría, Eslovenia) y los cuatro clásicos que suspenden siempre: Grecia, Rumania, Italia y Bulgaria.
¿Cómo hemos podido llegar a este declive? Su tratamiento exige un enfoque multidisciplinar. En la vertiente sociológica, la profesora María del Mar Martínez Rosón (Gracias, Roberto) ha demostrado que los resultados electorales no siempre castigaron a los políticos corruptos en las urnas y fueron capaces de votarlos si entendían que era “competente”. La Comunidad valenciana nos está dejando un reguero de casos, casi a diario, que se justificaron con esa filosofía.
La autora analiza en su reciente artículo “Yo prefiero al corrupto: el perfil de los ciudadanos que eligen políticos deshonestos pero competentes” las características que diferencian a los ciudadanos que están dispuestos a apoyar a los corruptos de los electores que no lo están a partir de datos de opinión pública. Los resultados muestran que hay cuatro variables que diferencian ambos grupos: los conocimientos políticos, los ingresos, la edad y el género. Las mujeres y los ciudadanos con más conocimientos políticos eligen, en menor medida, políticos deshonestos pero competentes. Por el contrario, los jóvenes y los ciudadanos con más ingresos están dispuestos a compensar la falta de honradez con más competencia en mayor medida que los adultos y aquellos con menores ingresos. En definitiva, como nos recuerda este magnífico portal anticorrupción, la corrupción no es de género neutro.




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