Una universidad que se resiste a morir

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con el mamut de carga!

La Universidad española, como la europea, afronta en los últimos años un imparable proceso de acercamiento al mercado en múltiples frentes y con diversa velocidad de crucero. Desde el gerencialismo de sus directivos, la gestión competitiva de la docencia o la investigación, en un marco de caida de alumnos, de subvenciones y restricciones financieras. Una tendencia clara aunque no pacífica en el mundo académico, en el habitual marco de la lucha generacional.

Esta evolución, que se va imponiendo paulatinamente, tiene como detractores a respetados y venerables académicos que ven en estas ideas el fin de un romántico ideal de servicio público que, sencillamente, desapareció con la llegada de la Universidad de masas y la globalización.

El eminente profesor González Navarro, en un entrañable artículo (“La universidad en la que yo creo”, en descarga libre) escrito en la Revista de Administración Pública, en homenaje a su colega Alejandro Nieto, expresa sus convicciones sobre la Universidad y su cotidiano quehacer: “una especie de confesión pública de mi credo universitario, «desde la última vuelta del camino»” dice al jubilarse. Entre ellas, la crítica a ese gerencialismo: “sólo quienes miran la Universidad con ojos de mercader pueden creer que aquélla es una empresa cuyo cliente es el alumno”. El ilustre administrativista califica estas ideas de disparate que asocia a la decadencia y muerte de nuestra cultura occidental concluyendo “si los mercaderes de una y otra obediencia se adueñan de la Universidad y la ponen a su servicio tendríamos que certificar la defunción de esa Universidad en la que yo creo y sigo creyendo”.

El escenario no es nuevo, aunque a España ha llegado con casi un siglo de retraso. Lo denunciaba, en 1918, el sociólogo institucionalista, Thorstein Veblen, acusando a los rectores nortemericanos de tenderos:

“Es una pauta no escrita y de la que pocas veces se habla, pero que subyace bajo la política académica universitaria, que las distintas universidades compiten por el comercio de educación vendible, más o menos de la misma manera que los establecimientos rivales en el comercio minorista compiten por sus clientes” (The Higher Learning in America:  A Memorandum on The Conduct of Universities by Businessmen).

¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

Nuestra universidad reformada se caracteriza por la condición participativa y plural de sus órganos de decisión, la inmediatez de su gestión, su amplia desconcentración de funciones para hacer frente a un entorno globalizado marcado por la competición, el dinamismo y la incertidumbre.

La Universidad es una organización que obtiene una producción conjunta, un output múltiple e inseparable: docencia e investigación Una empresa de servicios multiproducto caracterizada por la intangibilidad de la prestación, por la simultaneidad de prestación y consumo así como por la heterogeneidad de las demandas de sus usuarios/clientes.

Se acepta como premisa que la docencia es la función principal de las universidades. En la actualidad y dentro de lo que se denomina la “educación de masas”, las universidades dedican la gran mayoría de sus recursos a los programas docentes. Sin embargo, uno de los mayores problemas que tiene la enseñanza superior en Europa es el gran número de alumnos fallidos. Además, está la incapacidad de las universidades para atraer buenos estudiantes y un cierto desinterés por ofrecer un servicio atractivo. El problema se ha intentado corregir mediante los modelos de financiación basados en resultados.

El sistema universitario español se cimienta en torno a la idea de no introducir diferencias entre los estudiantes, que -además- se matriculan en el centro más cercano al domicilio familiar. Con ello tampoco se crean demasiadas diferencias de calidad entre universidades, impidiendo que ninguna destaque en especial ante la indiferencia, salvo raras excepciones, por el producto universitario final: el graduado. Es verdad que algunas universidades (pocas) llevan a cabo iniciativas innovadoras: licenciaturas en inglés, dobles titulaciones, implantación de campus en el extranjero o estudios compartidos con otras universidades europeas o norteamericanas.

En nuestro ordenamiento jurídico, la investigación es un derecho y un deber del personal docente e investigador de las Universidades (artículo 40.1 de la LOU) al que se permite dedicar gran parte de la jornada laboral. En todos los países occidentales la investigación se va sistematizando, convirtiendo sus universidades en más competitivas, más orientadas en lo comercial y más estratégicas. Introducen prácticas y valores de gestión que chocan con las estructuras tradicionales. Los nuevos clientes son las Cámaras de Comercio, las PYME locales, las asociaciones de empresarios, el Ayuntamiento…

Resulta muy difícil impregnar de una cultura del coste a las actividades universitarias, tradicionalmente acostumbradas a la financiación pública, de precios subvencionados y centradas en el corto plazo. Sin embargo, un amplio sector ciudadano opina que la única solución viable a largo plazo para las universidades es la dirección de las mismas como empresas reales del mundo comercial: considerar al alumno como un cliente y recoger un superávit en todo el trabajo que llevan a cabo. Algo muy dificil en una organización tan poco proactiva y que -además- es una Administración Pública.

21 comments on “Una universidad que se resiste a morir”

  1. Muchas gracias por su entrada. Me alegra su interés por la Universidad. Como docente joven, le sugiero que indague en los criterios que solicitan las Agencias como la ANECA para evaluar al profesorado. Y con ello observará, no sólo cómo se fiscaliza la actividad docente e investigadora, sino también el descompensado peso entre ambas vertientes. Saludos.

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  2. Creo que la universidad tiene un futuro lleno de sombras. La formación estructurada y más o menos cerrada que ofrece desde hace siglos cada día tiene menos sentido. Hoy es preciso aprender de forma constante e Internet es el mejor lugar para hacerlo. Leer y, sobre todo, ejercer son las mejores escuelas. Con curiosidad y una conexión a la Red se puede hoy en día hacer de todo.
    El fundador de Facebook no aprendió a programar en la universidad, sino que ya lo venía practicando desde crío. El hecho de estar en Harvard sólo le sirvió realmente para poder dirigirse a una comunidad de estudiantes y poder probar con ellos su red social. Sus compañeros de universidad fueron una especie de ratones de laboratorio que le permitieron comprobar que el producto tenía éxito y se podía extender a otros puntos. Para nada más. Bueno, sí. Allí conoció a su primer socio. Es más: en cuanto vieron que la asistencia a las aulas les quitaba tiempo para poder cumplir su sueño, no dudaron mucho en abandonarlas. El único que no lo hizo, Soverin, es el que peor parado saldría a la larga.

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  3. Al Visionario:

    En efecto, la universidad está perdiendo la capacidad de formar a los profesionales de la sociedad. Y sí, leer y ejercer resulta la mejor escuela para capacitarse en cualquier profesión. Si me preguntaran, dónde he aprendido auditoría pública, sin duda, contestaría que en la universidad no, tampoco en los muchos trabajos donde he realizado funciones de ayudante de auditoría o auditor. En la mayoría fue una práctica rutinaria, como lo que han venido haciendo durante muchos años los departamentos o gerencias de auditoría, sea privada o pública, al final de cuentas, la auditoría o fiscalización solamente sigue un patrón, es decir, unos lineamientos o normas de las cuales no se puede disentir, y menos, criticar. Así, transcurrieron lamentablemente en mi vida, alrededor de veinte año, sin saber: qué es la auditoría pública.
    Pero la vida, me puso en la otra cara de la moneda, e inicie la defensoría de servidores públicos a los que se les acusaba de corrupción. Y con la lectura de los expedientes, provino la reflexión sobre las debilidades de la práctica de la auditoría pública, aunado al estudio de las Normas de Auditoría, produciendo un resultado sorprendente…la ausencia de crítica en el pensamiento de la fiscalización. Y la universidad ha coadyuvado a este dogmatismo, de considerar que los fundamentos de la auditoría se encuentran fuera de la crítica y la debilidad conceptual. Y así, si me preguntan: ¿Dónde se puede aprender auditoría pública? Les contestaría, fuera de la universidad (aunque se debiera rescatar la universidad de la visión gerencial) y de las instituciones de control o fiscalización. Más, nuestra circunstancia presente nos brinda el internet, y con ello, la liberación del pensamiento, y la búsqueda de una nueva forma de mirar la fiscalización.

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  4. En mi humilde opinión, creo que el principal reto de la universidad es dejar de menoscabar los aprendizajes significativos que se producen fuera del ámbito académico y abrirse al juego de la formación continua. El concepto de Open Learning no debería ser una amenaza, sino una posibilidad de compartir su experiencia al mundo y la oportunidad de profundizar su veta investigativa. Una universidad más flexible, consciente de su humanidad y precursora en innovación, se me presenta como una gran opción de mejora cualitativa.

    Creo que desde hace un tiempo la Universidad ha comenzado a resquebrajarse y a perder parte de su autoridad intelectual debido a la burocracia y estrechez mental de quienes pretenden regir el futuro profesional del planeta. Una universidad integrada y parte activa del mundo, que nos brinde las herramientas técnicas y valores para accionar en él, esa es mi visión de la Universidad del milenio: + humana + falible, pero sin dudas: + creíble y auténtica.

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  5. La última publicación de la Fundación CyD incluye una encuesta, con algunas conclusiones preocupantes.

    El 22% de las empresas encuestadas opina que la Universidad actúa como motor de desarrollo económico, mientras que el 38% de las empresas considera que el papel de la Universidad en este aspecto ha sido nulo.

    En comparación con los resultados de la anterior edición de esta encuesta se observó un incremento en el porcentaje de empresas que opinan que la Universidad no cuenta con una organización apropiada para ejercer como motor de desarrollo económico. Este porcentaje pasó de 43% en el 2004 a 55% en el 2010.

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  6. Hasta la Ley de Reforma Universitaria de 1983 no existió un marco legal adecuado para regular las relaciones entre las universidades públicas y las empresas. Pero eso no quiere decir que no existiera una tupida red de relaciones entre el mundo universitario y el de los negocios. No era infrecuente, por ejemplo, que un mismo profesor diera clases en su universidad y en una academia privada o en un centro vinculado con la Iglesia.
    A todo esto puso coto la Ley de 1983. Creó un marco legal específico para las universidades privadas, obligándolas a ser universidades de verdad y a diferenciar claramente sus actividades y su personal de los de las universidades públicas. Reguló también (el famoso artículo 11 de la LRU) la colaboración de los profesores universitarios con el sector empresarial, en el ámbito de las actividades de I+D, una vía de colaboración que desde entonces no ha hecho sino crecer y mejorar. Demasiado, en opinión de algunos sectores académicos que denuncian el sesgo excesivamente pragmático y empresarial de las universidades actuales.
    Yo no sé si se puede decir que esto último sea un problema real. Pero lo que sí resulta realmente peligroso, en mi opinión, es que se instaure de nuevo un revoltijo de intereses privados y funciones públicas parecido al que existía antes de la LRU. Algunos síntomas apuntan en esa dirección. Por ejemplo, la creciente confusión entre programas de máster oficiales, con precios públicos controlados, y programas propios de la universidad con precios libres y escasa dotación de becas. Otro ejemplo: la incipiente tendencia a introducir en los campus universitarios enseñanzas de Formación Profesional Superior, más rentables como negocio. Y un tercer ejemplo: la obsesión por establecer alianzas con empresas de cualquier tipo, aunque sea para patrocinar programas como los de homeopatía y otros negocios pseudocientíficos que ninguna universidad debería avalar.
    Las universidades públicas deben ser eficientes y deben formar no sólo ciudadanos críticos sino también profesionales competentes y productivos. Además deben colaborar con el sector empresarial y otras organizaciones sociales para prestar servicios a la comunidad en el terreno de las actividades de I+D, la tecnología avanzada y la alta especialización. Pero nada de esto tiene que ver con la obsesión por los negocios. Las universidades no son negocios, ni pueden ni deben serlo.

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