Salvar nuestra factoría de los milagros

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Una de mis encuestas preferidas es el “mejor país para nacer“. La elabora la consultora Deloitte y la institución Progreso Social Imperativo y mide en 128 países doce apartados, agrupados en tres grandes categorías: desde las necesidades básicas (nutrición, vivienda, agua, seguridad) o el bienestar (acceso a conocimientos básicos, comunicaciones, salud y bienestar y calidad medioambiental) hasta las oportunidades (derechos y libertades, tolerancia o acceso a educación superior). Como se imaginan el medallero lo acaparan los países nórdicos pues allí casi no hay riesgo de nacer en la casa de unos desafortunados. Y es que al igual que en juego del siete y medio, puedes pasarte deseando, por ejemplo, nacer en EEUU y acabar en Harlem…

España ocupa este año el puesto 16 en la combinación de todos esos factores. No está nada mal pero ocuparíamos en el pódium sino falláramos en el apartado de oportunidades donde sólo alcanzamos el notable. Sin embargo, hay un ítem donde ocupamos el primer puesto ¿Se imaginan cuál es?: salud y bienestar. Sin duda una buena noticia. La mala noticia podría ser que no podremos pagarlo y lo sufragarán nuestros hijos y nietos porque nuestra política de endeudamiento (100% del PIB nacional, 100% de los presupuestos regionales) nos indica que trasladamos ese problema financiero a las generaciones futuras. Así de crudo ¿Podrán afrontarlo? Difícilmente, sobre todo cuando los tipos de interés suban un par de puntos y se lleve el presupuesto de ministerios o consejerías. Quizás les parezca frívolo, pero no veo a nadie queriendo garantizar la sostenibilidad de las finanzas públicas y resolver el problema de la financiación equilibrada de nuestras pensiones o de los gastos sanitarios.

La clase política tiene otros problemas y éste se puede retrasar aunque con el riesgo de la recrudecerse. Ambas cuestiones estaban resueltas cuando la esperanza de vida era de unos pocos años tras la jubilación. Hoy, basta ver en las esquelas de este periódico la edad de los fallecidos, diez años superior a la media mundial. Morimos de éxito, permítanme la macabra expresión.

Lo cierto es que nuestra sanidad universal es un lujo envidiado por muchos estados. Nuestros centros de salud son organizaciones estratégicas para alcanzar dignamente esa longevidad. Nuestros hospitales son verdaderas factorías sanitarias, donde diariamente se obran milagros entre gente anónima, médicos y pacientes, con protocolos implacables que salvan vidas y donde algún desconocido cirujano repite cada día -y varias veces- vanguardistas obras de arte antes de ir a cenar con su familia. Unos profesionales y un sistema sanitario que merece la pena mimar.

El Estado del Bienestar cubre esas necesidades, pero no es gratis. Nuestros productos cuestan el doble que uno chino, donde las condiciones laborales o medioambientales son ridículas, con una renta per capita que es la tercera parte de la nuestra. Estas reflexiones han dado lugar a importantes movimientos sociales y políticos bajo la idea de que Europa debe protegersede aquellos mercados si pretende seguir manteniendo esos logros sociales. Se decía que mejorando nuestra tecnología e innovación superaríamos el reto, pero lo cierto es que cada vez veo el futuro más comprometido, máxime en una etapa de restricciones en los fondos dedicados a la educación superior y a I+D. Hoy, muchas universidades y centros de investigación orientales ya están siendo punteros y pronto arrasarán a los europeos y norteamericanos. Ojo: estos últimos, que tampoco tienen una sanidad universal ni pensiones públicas, ya están notando el deterioro.

La implantación de robots en todas las facetas de la vida está eliminando muchos empleos. Es verdad que esa sustitución de trabajo por máquinas viene siendo la tónica de las últimas décadas. Pensemos en una simple aspiradora y el trabajo doméstico reemplazado. Frente a esto, ningún gobierno ni ideología política puede hacer nada. La tecnología expulsa del mercado de trabajo (¡detesto esa denominación!) al personal de más edad y promueve a los jóvenes con peores condiciones, dejándoles un escenario precarizado. Ya lo sé: estoy bastante pesimista.

La siguiente amenaza viene del comercio electrónico. Cuando las grandes superficies desembarcaron hace ya cuarenta años, se cargaron gran parte de las negocios locales. Desde librerías a tiendas de ultramarinos. Ahora, todos ellos tienen otro nuevo depredador: el comercio electrónico (léase Amazón o Ali Babá) que permite comodidad, ahorro de tiempo y dinero; incluso está creciendo sólidamente en la compra de alimentación online. Juan Roig, presidente de Mercadona, se despachaba diciendo literalmente que la web de su empresa “era una mierda” y que debían jugar en esa liga, encargando a su propia hija esa línea de negocio, para competir con las grandes corporaciones mundiales sin una tienda física, sustentados en centros de distribución muy tecnificados.

¿Donde cotizan esas nuevas empresas para sostener nuestro Estado de Bienestar? Y si son españolas: ¿En qué provincia? La pérdida de salarios y recaudación local de todos estos procesos es espectacular. Por no hablar de la desertización del comercio local. Miren, sin ir más lejos, el Oviedo antiguo donde en un mar de bares de copas, sólo aguanta la centenaria tienda de ultramarinos de Fina, con sus 88 años con sus productos locales y su frase favorita: “protejámonos de la avaricia”.

Artículo publicado en La Nueva España el 4-11-2017

Fina atendiendo a un cliente en su tienda de Oviedo

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