
Las nuevas tecnologías crean empleos pero destruyen otros muchos. Hacen fácil lo que antes era muy complicado. Las organizaciones adaptan su estructura a ellas y ahorran costes con una nueva división del trabajo. Nos lo recuerda Adam Smith con su clásico ejemplo de los alfileres del libro «la riqueza de las naciones» (1776): si una persona las fabrica hace menos de cien al día mientras que si dividimos el trabajo puede fabricar hasta 10.000 alfileres (uno corta, otro estira, otro lima …)
Pocas cosas producen tanta reflexión como este vídeo sobre tres diseñadores gráficos que recrearon para un programa de televisión, el día D, con un presupuesto ridículo (¡en cuatro días!) si se compara con el millar de extras que utilizó la costosa película Salvad al soldado Ryan, tan sólo una década antes. No os la perdáis, merece la pena.
Se trata de la «clase creativa», un grupo de trabajadores del conocimiento que son muy dependientes de las competencias tecnológicas y que, en la actualidad, representan el 30% de la fuerza laboral de Estados Unidos. Los espacios físicos en los que tiene lugar su trabajo son peculiares y comienza a ser objeto de estudio.
Otro buen ejemplo del ahorro, como concepto para vender, es IKEA, (ver foto lateral) una empresa globalizada que debe su éxito a la búsqueda permanente de la reducción de los costes. Todo es concebido en Suecia y las 235 tiendas de todos los continentes venden los mismos productos. Cincuenta años después de la constitución por Ingvar Kamprad, de la primera tienda en Almhult, pequeña localidad de 8.000 almas del sur de Suecia, Ikea continúa extendiendo su red, con la misma obsesión: reducir los costes. Quienes hemos comprado en ese autoservicio algún mueble, que debemos montar y transportar nosotros mismos, sabemos a que nos referimos.
Los ahorros de costes llegan también al campo administrativo. Según un informe de la consultora Aguirre Newman Arquitectura la implantación actual de estructuras organizativas más planas permite plantear formas alternativas en el uso del espacio, que se traducen en la reducción del número de despachos y en la ampliación de la superficie destinada a zonas abiertas o semi-cerradas y también a áreas comunes de reunión, donde los empleados pasan gran parte de su jornada.
La creciente proliferación de teléfonos móviles, de ordenadores portátiles y la expansión de las redes inalámbricas obligan a redefinir cómo y donde se realiza el trabajo. Como consecuencia de estos cambios organizativos, la oficina sin papel se presenta como una solución eficaz tanto para el ahorro de espacio como de costes, incluidos los medioambientales.

Surgen nuevas tipologías de espacio, entre las que figuran despachos semi-abiertos, capaces de crear intimidad sin barreras (como la foto que encabeza este artículo), o la utilización de mamparas de vidrio que permiten conjugar la comunicación visual y la máxima accesibilidad. Hay todo un debate académico sobre el diseño de los espacios en las oficinas tradicionales frente a las oficinas sin tabiques, según prime la creatividad o la reflexión y el trabajo individual. En esta web podéis ver las oficinas de las principales empresas TIC del mundo.
En el sector público estas decisiones son más lentas, por muy diversas razones, tal como recuerda Enrique Dans. Pero llegan, no os quepa ninguna duda. Los funcionarios más jóvenes se adaptarán con facilidad, pero muchos seniors se quedarán por el camino. Viendo la siguiente foto de la GAO norteamericana, durante los años veinte, nos damos cuenta de la magnitud del cambio organizativo en los últimos años. Comparadla con las oficinas de Microsoft o Google, incluidas a continuación.




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