El genio o las fábricas de éxito

Gambito de dama es la serie de moda. Retrata la vida de una joven ajedrecista de Kentucky desde su infancia en el orfanato hasta la brillante victoria sobre el campeón mundial. Necesitada de dinero, su madre adoptiva aprovecha el enorme talento de la niña llevándola a participar en torneos por todo EEUU durante los años sesenta. Los iniciales triunfos aportarán una vida más desahogada en lo económico y más compleja en lo emocional, lo que nos permite contemplar los secretos de la alta competición. Una obra deliciosa que incluye entre sus fans a los exigentes aficionados a ese noble deporte. Todo un reto porque estamos escarmentados de los habituales clichés y los errores estéticos.

Su magnífico argumento evoca cuestiones comunes a la trayectoria de los genios. Si la sociedad recompensa el talento, el destino está en nuestras manos ¿o no? ¿Es indiferente dónde se nace? ¿La capacidad sin disciplina es estéril? En el deporte es fácil encontrar las respuestas porque el éxito se puede medir. Pero no debemos olvidar que una medalla olímpica se obtiene en 4 minutos, aunque se tarda cuatro años en alcanzar. En el resto de las actividades humanas pasa lo mismo. Veamos.

El sociólogo Malcom Gladwell ha estudiado los “fueras de serie”. Por qué unas personas tienen éxito y otras no. Propone el método simple de las diez mil horas, una cómoda simplificación para explicar como hacerse experto en algo. Con mil horas eres un especialista. Con 10.000 eres un maestro. Valen 20 horas por semana en 10 años o 40 horas semanales durante 5 años. “La práctica no es lo que uno hace cuando es bueno. Es lo que uno hace para volverse bueno.” El talento sin mucho trabajo y constancia no lleva ninguna parte, sólo aporta una condición necesaria pero no suficiente. Bill Gates es el mejor ejemplo. Asimismo, ser algo fanático favorece la búsqueda obsesiva de la perfección, a costa de ver la vida en blanco y negro. Steve Jobs es aquí el modelo.

Los fueras de serie son producto de su historia y su comunidad, pero también de las oportunidades que tuvieron -y aprovecharon- así como de la herencia recibida. Necesitan aprender, si no es así, como nos recuerda Xavier Marcet, se aburren y se van.

La gran pregunta, ahora, es qué masa de expertos y profesionales nos aguardan el día de mañana, ante la ausencia de deberes escolares, la preocupante tendencia educativa a relajar la dedicación a la formación teórica (¡bendito examen MIR!) unido a una cultura de lo inmediato. Reverte lo cuenta mejor que nadie.

Hasta la llegada de internet, con su enorme efecto democratizador sobre la información, era casi imposible que apareciera el trébol de cuatro hojas, un prodigio de algún ámbito de conocimiento humano, lejos de los potentes núcleos de estudio e investigación. Se trata de otra condición adicional. Las élites se reproducen en fábricas de ciencia, formando parte de redes vinculadas a organizaciones (universidades, por ejemplo) con medios y masa crítica, ya sean europeas, americanas o chinas. Esto viene siendo así en cualquier rama del pensamiento o disciplina que pretenda alto rendimiento.

En el campo de las innovaciones científicas pasa igual. Frente al garage aislado, hoy día las grandes disrupciones son el resultado de inversiones estratégicas crecientes, guiadas por liderazgos visionarios, bajo pactos nacionales de innovación. El Massachussets Institute of Technology (MIT) , es un ejemplo donde el 70% de su presupuesto de investigación (770 millones de dólares) es de origen público.

Aquí llegamos a otro debate muy actual: el “principio de mérito” que impulsa el ascensor de la escala social. Michael Sandell (premio Princesa de Asturias 2018) reflexiona sobre los conceptos de éxito o de fracaso y hasta donde llega el compromiso con la comunidad donde nos formamos. Con el duro título de “la tiranía del mérito” señala el gran problema norteamericano, donde se ha instalado una especie de aristocracia hereditaria en las mejores universidades.

Hoy, la queja populista está justificada en EEUU, afirma Sandel, porque dos tercios del alumnado universitario de Harvard o de Stanford proceden de la escala superior de renta. Los ejecutivos de las principales corporaciones de Wall Street son graduados en apenas una docena de campus de élite que, a cambio de matrículas de muchos miles de dólares -que te endeudan como si adquirieses una casa- garantizan el éxito profesional. Allí hablar de mérito y capacidad tiene unas connotaciones menos virtuosas que en el sentido europeo, donde entendemos que la alternativa a la meritocracia es la mediocridad. Y no estoy hablando de política.

Si, yo también fui melenudo en los 70 …

Cuando yo participaba en los años 70 representando a Asturias en el campeonato nacional juvenil de ajedrez y me enfrentaba, por ejemplo, a otro ajedrecista de Almería, (la querida tierra de mis abuelos) sabía que ganaría. Lo mismo sucedía (a la inversa) si me enfrentaba a un barcelonés, porque la escuela catalana estaba muy por encima de las restantes. De la misma manera, Durante años, quien quería prosperar en algún arte, ciencia o deporte debía superar, como segundo escalón, una barrera territorial, ya fuese local, nacional o continental. Requería recoger, donde se encontrase, el saber de generaciones, lo que obligaba a hacer las maletas a los más prometedores para trabajar con los patriarcas de ese saber.

Arias-Zlotnik, 1992

La Universidad funcionó así durante décadas. Las escuelas científicas de la época formaban doctorandos de cualquier país, pues contaban con su red transfronteriza de sabios oficiales y con su metrópoli. Volviendo al mundo paralelo del ajedrez, el propio Caruana, aspirante norteamericano hace un par de años al titulo mundial, reconoció que para llegar a la élite resultó imprescindible de joven trabajar con Boris Zlotnik, residente en Madrid, recogiendo toda la experiencia de la escuela soviética. Karpov o Kasparov son sólo una mínima muestra de una técnica aplicable en cualquier ámbito científico (o artístico) para fabricar jóvenes estrellas. Los factores de la excelencia fueron enunciados por Botvinnik hace 80 años: talento, entrenamiento, carácter y salud, precisamente por ese orden. Eso y varios años con una media de doscientos días de internado y sesenta de competición.

En España estamos acostumbrados al genio que surge de la nada, casi como una estrella fugaz en el cielo; desde Ramón y Cajal a Rafa Nadal. Nos hace daño la falsa impresión de que su éxito es un proceso casual y no de esfuerzo, preparación, fracasos (si, fracasos), formación general, buenas universidades, equipos grandes y modestos que cuidan la cantera y otros muchos elementos positivos del ecosistema social que aportan su grano de arena.

Con Mijail Botwinnik en su despacho de Moscú, 1994

Este artículo fue publicado en el diario La Nueva España, el 13 de diciembre de 2020

4 comentarios en “El genio o las fábricas de éxito

  1. Luis Barrio Tato

    Excelente artículo, como todas las entradas del blog, sobre un tema apasionante. ¿El destino está en nuestras manos?
    La ciencia nos dice, en relación a la constitución genética, que el genotipo es el conjunto de los genes y la información genética que conforman a un individuo de cualquier especie, es decir, lo que constituye la herencia que se transmite. Pero nuestro entorno, sobre todo la educación, tienen una enrome influencia ya que el fenotipo es la expresión del genotipo en función de un determinado ambiente
    Fenotipo = Genotipo + Medio Ambiente
    En consecuencia, recibimos unos talentos que, en parte y sólo en parte, nos determinan, a la vez que estamos sujetos a la influencia del entono, con libertad para aceptar o rechazar los estímulos externos. “El gen egoísta” de Richard Dawkins, analiza con precisión las bases biológicas de nuestra conducta.
    Enhorabuena por tus acertadas reflexiones, Antonio

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  2. Pingback: Proclamados los ganadores de los Premios Blogs de Oro Jurídico 2020 – Globoversia

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