La virtud recompensada

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La Sonrisa... que siempre te acompañe Desde hace más de una década, el primer viernes de octubre se celebra el día mundial de la sonrisa. Un blog tan divertido como este, dedicado a la fiscalización, no puede dejar pasar la oportunidad de aportar su granito de arena, a la espera de la inminente convocatoria de la segunda edición del premio literario Sonrisa de Quevedo. Nuestra aportación es un homenaje a Alejandro Nieto. Recuperamos hoy su brillante artículo del 26 de noviembre de 1987 en el diario El País, titulado “La virtud recompensada“, que ya forma parte de la historia de la burocracia española. Espero que lo disfrutéis   😀 :

Yo, señores, soy un funcionario de toda la vida. Mis padres, hartos de trabajar y de pagar impuestos inútiles, se empeñaron en que me alimentara del presupuesto y no del sudor de mi frente. Así me educaron, y, por darles gusto, me aprendí, siendo mozo, doscientos o trescientos temas con los que pude agarrarme a los opulentos senos de la Administración, que todavía no he soltado ni soltaré mientras viva. 

Entré ilusionado (que viene de iluso) en el servicio público, que a la sazón entendía como servicio al público, y pueden creerme que fui durante muchos años un modelo de burócrata, como lo era mi jefe, hoy difunto. Porque no es verdad, aunque el hecho se toque, que todos los funcionarios son vagos e incompetentes. Para nosotros no había limitaciones de jornada ni de calendario, ni fines de semana ni aun vacaciones: nuestro mundo era la oficina, los expedientes volaban de las manos y nos las arreglábamos como podíamos para superar las dificultades, hasta tal punto que los ciudadanos de nuestra jurisdicción no nos consideraban como enemigos.

El destino, sin embargo, castigó nuestro celo. Mi jefe, que entre otras cosas administraba una granja pública, comprobó una primavera que el ministerio se había olvidado de consignar en presupuestos una partida suficiente para la alimentación de las soberbias vacas holandesas que allí se explotaban y, para no dejarlas morir de hambre, compró forraje con una partida destinada a renovar el regadío. En mala hora lo hizo, porque fue expedientado y en un decir amén expulsado del cuerpo. Con lo cual aprendí una lección que no venía en el programa de oposiciones: no por mucho trabajar se asegura la carrera administrativa, antes al contrario, suele resultar peligroso.

Mi segundo jefe era un hombre mucho más razonable y mejor funcionario, desde luego, puesto que cumplía fielmente los reglamentos y ejecutaba con no menos puntualidad los presupuestos. Las vacas se murieron de hambre (que era una pena oírlas), pero se cumplió la ley, que es lo importante. Y como, así escarmentados y aliviados del trabajo, tiempo y locales sobraban, dejamos dormir los expedientes por los rincones y acabamos cerrando por la tarde, sin que por eso disminuyeran los sueldos, más flacos, bien es verdad, que las vacas famosas en su agonía.

Con esto llovían las quejas y lamentaciones de los ganaderos, que no fueron tan altas como para llegar a Madrid, y, sea como fuere, a Madrid ascendieron pronto a mi jefe; recibiendo así mi segunda gran lección: no por poco trabajar se desmerece en el aprecio de los superiores.

A sustituirle vino un matemático eminente, a quien quedaban muy lejos los problemas cotidianos de ganados y ganaderos; tanto, que no quiso saber nada de unos u otros. Se encerró en su despacho y en un periquete elaboró un proyecto económico de mil y pico páginas, repleto de fórmulas y gráficos, que aseguraban, sin más (al menos así lo aseguraba él), el porvenir de la agricultura de la provincia y, con un pequeño esfuerzo adicional, de toda la pobre meseta castellana y montañas limítrofes. Los ganaderos y yo nos quedamos con la boca abierta ante tal maravilla, y eso que no llegamos a entenderlo y ni siquiera a leerlo, puesto que estaba destinado a cabezas más lúcidas que las nuestras, es decir, a otros burócratas como él.

Con estas andanzas y cambios, yo me quedé sin trabajo, aunque el sueldo, por escaso que fuese, siguiera cayendo con consoladora puntualidad. En cambio, la mía decayó bastante. A media mañana llegaba a la oficina, y si no llegaba tampoco se notaba mucho mi ausencia. Pero, como mi impulso laboral seguía firme y algo se me había pegado de las matemáticas del informe, decidí montar un pequeño negocio de gestión de quinielas, contando con la ayuda de algunos compañeros y subordinados, que en algo habían de ocupar su tiempo. Y hasta el jefe, demostrando con ello una entrañable solidaridad, no desdeñaba echamos una mano ni tampoco poner la suya a la hora de repartir las ganancias. Que no eran pocas, lo confieso, pues los ganaderos que venían a vemos confiaban tanto en nosotros que nos dejaban periódicamente un piquillo, que a veces les rentaba en buenas pesetas y, en el peor de los casos, servía para acelerar el trote de sus expedientes y hasta para distraernos a la hora de las inspecciones y de las sanciones, que el rigor administrativo no es incompatible con unas gotas de humanidad.

Pero Dios no quiso que se alargaran aquellos dulces años y, por envidias y malos quereres, saltó el asunto a los periódicos, donde fuimos calumniados durante algún tiempo con la fábula de que habíamos convertido la oficina en una timba, donde se extorsionaba a los ganaderos que querían algo bueno de la Administración. Ya no me acuerdo de las extorsiones, pero sí sé de primera mano que el negocio era bueno para los cuatro funcionarios que estábamos en el asunto, y que nos ganábamos la vida muy honradamente, sin engañar a nadie y con largas horas de esfuerzo. Y la mejor prueba de ello es que ningún ganadero nos denunció, y tan contentos salían con su expediente resuelto bajo el brazo que hasta se olvidaban, de puro satisfechos, de cobrar los premios de las quinielas.

Aunque de nada nos valieron tan buenos argumentos, porque tras los periódicos vinieron los inspectores y fiscales, y con ellos los quebraderos de cabeza. Pero la justicia, como era de esperar, terminó luciendo sobre las mezquindades de los envidiosos y todos fuimos absueltos sin proceso, sin otro accidente que el de un ordenanza que pagó por todos. Y ésta fue mi tercera lección: las corrupciones funcionariales nada importan a la Administración, y si ésta, por presiones públicas, ha de intervenir, su disciplina recae en el más pequeño.

A partir de entonces las cosas empezaron a torcerse sin piedad. Cuando yo había recuperado mis ilusiones de servicio, apareció en la oficina un contratado, que ocupó la mesa de al lado y que, haciendo exactamente igual que yo durante idénticas horas, cobraba justo el doble. Y, como mi sentido de la justicia no podía soportar tamaño desafuero, decidí establecer el equilibrio a mi modo, trabajando la mitad que él, con objeto de que cada renglón escrito saliera al mismo precio. Lo que hice en mala hora, porque mi colega, que también debía tener ideas propias sobre la justicia distributiva, rebajó por su cuenta su rendimiento para equipararse al mío. Y cuando ya estábamos los dos rozando el cero, gastándonos el sueldo en periódicos y el tiempo en rellenar crucigramas y tomar café, le escalafonaron por la puerta de atrás y ascendieron a no sé donde. Moraleja: ni el sueldo se corresponde con el trabajo ni el ascenso con el rendimiento: esforzarse es un capricho gratuito.

Luego llegó la época de los funcionarios modernos -modernos de cuerpo y mente-, a quienes la rutina se hacía inaceptable. Se pasaban el día haciendo organigramas y proyectando renovaciones administrativas, sin tocar un expediente, que debía saberles a cosa vulgar. La verdad es que de ellos puedo decir muy pocas cosas, porque todos eran ascendidos como globos en tormenta, empujados por el viento de la famosa modernidad. De donde deduzco que la modernidad es muy buena, al menos para ascender, porque los ganaderos no llegaron a enterarse de en qué consistía.

Lo que sí es claro es que la inteligencia y energía de estos funcionarios de nuevo cuño no podía encerrarse en los estrechos límites de una sórdida oficina, por lo que decidieron servir al público de un modo muy particular. Tan particular y eficiente que montaron un despacho propio, en el que despachaban por la tarde lo que no habían hecho por la mañana, cobrando una pequeña cuota, que los ganaderos pagaban con mucho gusto. Demostrándose así que modernidad y desfachatez no son incompatibles y que hay muchos modos de servir al público y dejarlo contento.

Los aires de modernidad ventilaron bien nuestra oficina, que de miserable se transformó en suntuosa; ampliada fue y poblada con un personal insólito de jóvenes agresivos y señoritas elegantes. Ninguno, por supuesto, había hecho oposiciones ni tenido que demostrar nada, que son banales exigencias de una Administración obsoleta que urgía demoler. Y nada hay que decir de la eficacia, puesto que, prescindiendo de los ganaderos (de quienes nadie se preocupaba a las horas de oficina), todo salía a pedir de boca y en Madrid estaban muy contentos de nuestra gestión. Con lo cual me enriquecí con una nueva experiencia: las oposiciones son inútiles cuando luego no se va a encomendar al funcionario que haga algo que precise ciencia, capacidad y experiencia. Así las cosas, y como nunca faltan ilusos y descontentos, empezaron muchos a pensar y a decir que la situación era vergonzosa y que los pecados de la Administración eran tan graves que sólo podían remediarse desde fuera, es decir, con un cambio político, única solución que se nos ocurría.

La providencia terminó escuchando, como es notorio, nuestros suspiros, y con el cambio político llegó el cambio administrativo, que se notó de inmediato en todas las esquinas públicas. Por lo pronto, se convirtió en funcionarios a cuantos habían ingresado por amistades o Dios sabe cómo. Con ser esto mucho, no terminó aquí el proceso renovador, puesto que continuó llegando gente, tan ayunos de conocimientos como hambrientos de sueldo. Era una gloria ver llegar cada mañana a nuevos interinos, contratados, asesores, consejeros, especialistas y expertos; todos con su carné democrático en la boca y escondiendo el sueldo para que los demás no nos enteráramos. Y buenos eran (y son), porque no molestaban a nadie; para no dar preocupaciones, de puro generosos, ni exigían siquiera una mesa y se contentaban con que les pasaran el sueldo a su banco a fin de mes, mientras les llegaba la hora del escalafonamiento, que no tarda mucho en llegar, aunque sea a costa (que todo en la vida tiene un precio) de los pobres infelices que pierden su juventud entre temas y librotes, sin molestarse en estudiar el color de quienes mandan. Con lo cual pude terminar yo mi formación administrativa aprendiendo que siempre se puede ir a peor y que no hay que poner demasiadas esperanzas en las reformas de los políticos, mientras a éstos les importen aquéllas lo que a mí el cultivo de algas en la Patagonia.

Al cabo de tantos años y penalidades, como yo, aunque viejo, no soy tonto, decidí sacar provecho de mis muchas experiencias. Así que busqué en el armario la camisa política adecuada y, para mayor abrigo, empecé a escribir artículos sobre la reforma administrativa, copiando con diligencia tonterías en varios idiomas. Con lo cual obtuve en un santiamén credenciales de experto y de fidelidad política: ambas muy justas puesto que nadie me gana en la sutil operación de llenar de aire envoltorios vacíos, y en cuanto a mi fidelidad política, está fuera de duda y la he demostrado, y estoy dispuesto a demostrar cada día, sirviendo con reverencias a quien quiera colocarme y pagarme.

Con tales dotes pertrechado, mi virtud ha sido al fin recompensada, y héteme aquí dirigiendo un organismo público, del que no podrá decirse que no vale para nada, ya que me da de comer a mí y a un puñadillo de cientos de empleados. Y conste que lo hago muy bien. Mi honradez y mi eficacia se manifiestan en una exigencia puntual de horarios e incompatibilidades a todos los subordinados inferiores. Y lo que me ahorro con tan saludables medidas me lo gasto en publicidad, a meter a mis parientes y en contratar a gente de fuera, con tal que sean amigos y eficaces, lo que por la mitad de precio, pero con desgana, harían mis funcionarios. Y, sobre todo, contrato grandes proyectos de reforma de la Administración y de su modernización, que es lo que se lleva y a todos gusta. Y, aunque nunca he leído lo que me escriben, estoy seguro de que se trata de cosas estupendas, que algún día me resolverán la única cuestión que de momento me inquieta: para qué valen estos organismos públicos, de dónde sale el dinero para financiarlos y, en fin, cuánto tiempo tardarán los ciudadanos -con los propios funcionarios al frente- en cansarse de esta broma y tirarnos a todos por la ventana.

Pero, como esta posibilidad es muy remota, vivo feliz, y en los momentos de desasosiego leo los discursos políticos y compruebo que las cosas, además de ir bien, cada día van a mejor. Lo que me creo a pies juntillas y punto en boca, no sea que me confundan con esa patulea de izquierdosos y fascistas que no hacen más que quejarse y lo único que quieren es quitarme a mí el puesto, tan laboriosamente adquirido. Y termino esta larga confesión porque antes de ir a la oficina he de despachar aún varios asuntillos particulares y algunos otros públicos que voy compatibilizando para redondear honestamente el sueldo.

 Forges-sonrisas

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