Funcionarios desbordados. Dos visiones de la Administración Dolores Medio publicó una novela en los años cincuenta titulada “Funcionario Público”. Su protagonista, Pablo Marín, era un modesto empleado de Correos que mientras ponía telegramas pensaba: “Una rueda. Un engranaje. Eso es el funcionario. Va y se ajusta un buen día en la sociedad ¡Ea! Ya está. Eche usted a andar, amigo. Tic, Tac, … Tic, Tac … Tic, Tac ¿Eh? ¿Qué tal? Esto marcha. Siempre que la rueda no intente salirse del lugar donde la han colocado”. 

Esa podía ser la triste misión de los empleados de la posguerra española. Trabajo monótono pero seguro, entorno estático y previsible, ganado por oposición, etc. Hemos bromeado sobre ello en algunas entradas de esta bitácora.

En 1990, el Ministerio de Administraciones Públicas publicó un estudio Delphi, al que añadió las encuestas de un elevado número de funcionarios, para conocer su cultura organizativa. Con las respuestas procesadas, que he encontrado en el manual “Gestión Administrativa I”, de Rafael F. Oltra y María Rosario de Miguel (Universidad Politécnica de Valencia, 2007) me atrevo a presentar un posible decálogo del funcionario público, actualizado con humor negro de los problemas actuales:

1. La autoridad no se puede cuestionar: nunca te muestres en desacuerdo con tu jefe. Desconfía de los tolerantes y quienes te hablen del trabajo en equipo. Es una treta para cargarte con más tareas, no retribuidas.

2. Los responsables son los de arriba: no aceptes responsabilidades. Como careces respaldo político, si cometes un error caerán sobre ti como lobos.

3. La permanencia es lo que importa: protégete a toda costa. Las cosas por escrito siempre y firmadas por los jefes. Les encanta firmar.

4. La información es poder: nunca compartas información con otras unidades o incluso dentro de la tuya. Internet es una gran complicación.

5. Lo que se valora es la dedicación: haz como si estuvieses muy ocupado. Ten cuidado con las nuevas tecnologías, no entienden la jerarquía.

6. La experiencia señala como hacer las cosas: no te fíes de quienes sugieren nuevos métodos para hacerlas. Los procesos de mejora de la “calidad” son un camelo para justificar el empleo de consultores privados. Defiende la austeridad porque garantiza pocos cambios.

7. No sonrías mucho: el trabajo es una cosa muy seria. Aprobar la oposición te da derecho a no tener que disimular e la oficina.

8. No veas lo malo, no oigas lo malo, no hables de lo malo.

9. El tiempo lo resuelve casi todo: si ignoras el problema, quizás desaparecerá.

10. En la Administración prevalece la cultura del “no”. El “si” implica riesgo. Si no haces nada, nunca pasa nada. Pero si lo haces y te equivocas, las consecuencias pueden ser nefastas.

Hay toda una escuela de gestión pública que quiere implantar el gerencialismo o la cultura del management privado porque cree sinceramente que el anterior decálogo es real y está presente en muchas Entidades Públicas.

Alejandro Nieto, un transgresor sereno.Por el contrario, un sector de la doctrina administrativa entiende que estamos asistiendo al desmantelamiento de la función pública tradicional, lo que entraña muchos peligros. Su principal valedor es el catedrático jubilado de Derecho Administrativo Alejandro Nieto (cuya foto veis adjunta). Nieto ha sido autor, entre otros, de dos libros de culto con muchas reimpresiones: “La organización del desgobierno” (durante los ochenta) y “La nueva organización del desgobierno” (durante los noventa). Como sus títulos descubrían, se trataba de una ácida descripción y crítica de las patologías que padecen las Administraciones Públicas.

¿Desgobierno de lo público?

Para Alejandro Nieto ha llegado la hora de escribir un libro “serenamente transgresor”. Por eso, su última obra “El desgobierno de lo público” (Ariel, 2008. 351 páginas y 21€) incluye un avance de su contenido, en la página 21 de la Introducción, con la siguiente afirmación poco comercial pero propia de un autor que nunca ha tenido pelos en la lengua:

“El lector no encontrará en este libro una sola afirmación que le sea desconocida puesto que en él deliberadamente nada nuevo se dice, se queda corto en sus denuncias y hasta resulta excesivamente comedido en sus acusaciones. Su única novedad consiste en decir en voz alta lo que todos conocen a través de simples murmuraciones y, sobre todo, en asumir abiertamente las eventuales tachas sociales y legales que puedan sobrevenir.”

Critica Nieto la concepción del Estatuto del Empleado Público al que denomina una Ley de remisión por carecer de sustancia propia que traslada a otras instancias la responsabilidad de regular lo que en ella “queda absolutamente abierto”.

El desgobierno de lo público, de Alejandro NietoCon cierta ingenuidad y una pizca de nostalgia, Nieto reconoce que los funcionarios públicos son una especie a extinguir, por la laboralización y porque los partidos políticos “no están dispuestos a aceptar esa relativa independencia de los servidores públicos, antes al contrario, exigen su sumisión a más completa y su conversión en un botín patrimonializable”. En sus conferencias y entrevistas se muestra el autor como la conciencia viva de la lucha contra la corrupción. Su visión de la vida pública, un tanto maniquea, alcanza su apogeo en la página 243 del libro, donde encontramos la razón por la que el el funcionario, cual erizo, se protege de los excesos del gobernante, por muy legítimo que este sea:

La rapacidad es la corona del edificio administrativo y la cifra de todo lo público. La rapacidad explica que el poder político devore todos los cargos públicos, y que desde ellos se arrasen todas las fuentes de riqueza social. La Administración Pública es puerto de arrebatacapas, que nadie puede pisar sin ser desvalijado, aunque luego a la salida algunos participen en el reparto del botín. Con el pretexto de atender los intereses públicos se ha montado una gigantesca máquina administrativa cuyos conductores encierran luego la mies cosechada en sus graneros particulares, y solo lleva una parte a la era de la comunidad.

La Administración Pública es empresa sin dueño, lobo con oficio de pastor. Decir Administración Pública es decir corrupción, y todo lo que toca termina apestado. El arte de la gestión pública es el de la tauromaquia, en una mano lleva el estoque y en otra maneja la muleta para engañar a la víctima: las mismas posibilidades tiene el toro de salir con vida del ruedo que el ciudadano de escapar de las maniobras del Poder sin ser trasquilado.

En fin, dos visiones extremas del mismo escenario.