La capa de Supermán da para mucho. Presenta perspectivas curiosas y originales. Así, hubo un ingeniero que comprobó, tras sesudos ensayos en el túnel de viento de su universidad, que básicamente Supermán vuela más rápido con capa. No se rían. Aunque viole alguna ley de Newton, que estudié cuando llevaba pantalones de campana, los superhéroes están por encima de la física. Incluso aplican el efecto Venturi que me explicaba el sabio Pepe el Ferreiro, como fórmula ancestral para inyectar aire en las fraguas del occidente asturiano, aprovechando la fuerza del agua de un canal desviado del río. La ciencia resolviendo los problemas cotidianos de ferreiros y superhéroes en conexión erudita.
A partir de ahí surge otra duda científica. ¿Vuela más rápido Supermán con capa que Ironman sin ella? También se investigó el asunto, aunque eso da para otro artículo. A los científicos les encantan este tipo de estudios extravagantes que tienen gran aceptación y relevancia. Ahí están, en Harvard desde hace más de tres décadas, los IG Nobel (intente pronunciarlo como innobles) para difundir los logros en diez disciplinas que «primero hacen reír a la gente, y luego hacen pensar». Nucio Ordine, fallecido este año 2023, hizo popular la utilidad de lo inútil. Le dedicaremos la próxima entrada de esta bitácora porque nos recordaba siempre que los universitarios debemos ser herejes, despertar la conciencia crítica (eso intento hoy) y que, como Kavafis, lo importante no es llegar a Ítaca sino el viaje: “pero no tengas la menor prisa en ese viaje”. Un estudio español de la Universidad de Vigo ganó este año el IG Nobel (en Física) con un trabajo sobre la vida sexual de las anchoas gallegas y sus efectos sobre las turbulencias oceánicas. No olvide pensar tras sonreír.
Si los técnicos se las gastan así con la capa roja (no confundir con la de caperucita) no vean los abogados, que no practican habitualmente el sentido de humor. Algunos fabricantes del heroico disfraz incluyen por consejo legal una etiqueta de advertencia: “con esta prenda no se puede volar”. Americanos tenían que ser: protegiéndonos de los estúpidos y de los malvados, porque ya sabemos que aquellos tienen más peligro, como suele prevenirnos Pérez Reverte. Sirva como ejemplo la noticia del propietario de un chalé que debió indemnizar a los herederos de quien entró -a robar, se supone- en una moderna y amplia habitación acorazada durante las vacaciones estivales del propietario; inesperadamente se había cerrado la puerta blindada (¡cómo sería el ajuar y la bodega!) y el presunto inocente falleció allí dentro para sorpresa del dueño a su regreso semanas después. ¿Tenía licencia municipal la instalación y estaba homologada? ¿Debió advertir con un cartel a posibles delincuentes?
Aun recuerdo el lio que se montó en 2016 cuando los buzones especiales para los Reyes Magos de Correos incorporaron el aviso de que procederían a la “inmediata destrucción” de las cartas que envíen los niños. ¿Hace falta ser tan explícito? Imagino al funcionario advirtiendo con la Ley de protección de datos al directivo responsable. Interesante debate -que no prosigo por si hay ropa tendida- incluso para quien intenta surcar los cielos saltando desde una azotea como Supermán. No olvide pensar después de sonreír.
Los autores del superhéroe añadieron la capa para que se protegiese de los peligros en sus arriesgadas misiones y se ocultase de los demás cuando necesitara pasar desapercibido. Un historiador apuntará que el origen de la capa es español desde cualquier punto de vista que se mire. Recordemos a Cela prometiendo recoger su Premio Nobel con capa y a Ramón García en las campanadas de fin de año. Milenios antes, podemos remontarnos al “sagum” celta de los castros astures -que menciona Estrabón- y que sería también adoptada por los romanos. Mucha fue su popularidad desde el siglo XIII, favorecida por la industria textil en Béjar (Salamanca).
En el siglo de oro, la capa era signo de linaje -aún decimos estar de capa caída– y el marqués de Esquilache, ministro de Carlos III, intentó prohibir el sombrero de ala ancha y la capa larga con un bando que generó tanta indignación que por poco anticipa medio siglo nuestra primera república. Los economistas sostienen que la causa material del descontento tuvo más que ver, no con recortar la capa a los españoles sino con los recortes presupuestarios; lo que ahora llaman escudo social: la subida de los precios de los alimentos de primera necesidad, el hambre entre las “capas” populares por la liberalización del comercio del trigo y los impuestos.

Al final, era inevitable que apareciese Hacienda. Todos recordamos -incluso quienes no habían nacido- al empresario Ruiz Mateos disfrazado del superhéroe a las puertas del Juzgado, esperando al Exministro de Hacienda Miguel Boyer e inventando el fenómeno viral décadas antes de aparecer las redes sociales. El candidato Milei también manejaba como un artista la puesta en escena y se presentó hace meses en un evento de los fanáticos del manga vestido de superhéroe de capa amarilla, para cuestionar las políticas del gobierno y luchar contra los «keynesianos» a capa y espada, como diríamos aquí y aun ahora. El ya presidente Milei está haciendo de su capa un sayo (“obrar con absoluta libertad”, según la RAE) en nuestra querida Argentina. No olvide pensar después de sonreír.
Si, la prenda dejó huella en la lengua española.
Tal y como está el mundo, mejor que la capa de Supermán es una de torero; atavío imprescindible para capear el temporal de las trampas políticas, de las guerras, de los cambios climáticos, de las reglas fiscales …
Feliz año 2024. Así lo ve Garabatos en La Vanguardia:

Publicado en La Nueva España



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