Los nuevos patrimonios

 

El año pasado, un número especial de la revista Time se dedicó a destacar las diez ideas que están cambiando el mundo. Una de ellas se refería a un nuevo concepto que alimenta nuestra sociedad globalizada: el “procomún” ¿Usted nunca oyó hablar de él? Bueno, quizás el término no le suene, pero sepa que lo tiene a raudales y que constituye su bien más apreciado.

La Hacienda Pública construyó durante el siglo XX toda una teoría sobre los bienes públicos (v.g.: un semáforo o el sistema judicial) cuya característica particular es su consumo colectivo (mi consumo no disminuye el tuyo). El premio Nobel, Paul Samuelson, fue el primero que examinó el concepto de forma analítica, en 1954, admitiendo diversos grados de pureza, pues a veces, por seguir con el ejemplo, existen “atascos” en el tráfico urbano o judicial.

Hace una década se construyó una nueva categoría: los “bienes globales” o su contrario los “males globales”. La Unión Postal Universal fue creada en 1875 para atender el suministro de ese bien global que es la distribución del correo mundial. Hoy en día, la interdependencia nos conciencia de los males públicos globales que nos afectan a todos: el problema de la “gripe del pollo” no es solo de las regiones orientales (visión poco humanitaria, por cierto) sino es un problema de todos, entre otras razones porque no tarda en llegar a occidente. Lo mismo puede decirse de Amazonas, cuya deforestación no es un problema regional, pues, cual efecto mariposa, no tarda en perturbar al todos.

Por eso, el uso de los bienes públicos globales va mas allá de las fronteras y regiones, supera los grupos poblacionales e incluso las generaciones. En esta amplia definición caben los bienes públicos clásicos, como son la paz y la seguridad, la salud, la herencia cultural; y también nuevos aspectos.

Es el caso del procomún (commons), que es una derivación de estos conceptos: lo forman las cosas que heredamos o creamos conjuntamente y que deberíamos intentar que alcancen a nuestros descendientes. El catedrático Enrique López prefiere representarlos con la intuitiva figura de bienes prestados por las generaciones futuras.

Son los dones de la naturaleza, como el aire, el agua, el mar o la biodiversidad. También espacios compartidos como Internet o el espectro radioeléctrico, así como nuestras creaciones científicas (el genoma) o sociales como el conocimiento público que hemos acumulado durante generaciones. Es tangible (el Urogallo cantábrico) o intangible (la gastronomía mediterránea).

Por supuesto, no deberían ser objeto de patente ni apropiación privada, aunque periódicamente encontramos laboratorios que intentan la biopiratería. Así, este mes conocimos que EE UU devolvía a los agricultores mexicanos la patente de un frijol que una empresa de semillas de Colorado había registrado como suya. Forman parte del procomún.y algunos son planetarios (¡patrimonio de la humanidad!) y, por lo tanto no caben en un museo, ni siquiera en un Estado o Nación.

Una de sus características es que, como el silencio (otro procomún) sólo se percibe cuando su permanencia está amenazada, porque una nueva tecnología lo destruirá o expoliará. Como dice Antonio Lafuente (“El carnaval de la tecnociencia”, Gadir Ensayo, 2007) el discurso del procomún “no es tecnófobo aunque tampoco tecnoentusiasta”.

Los estudiosos de esta materia destacan la reciente apropiación de “lo público” por “lo común”. Algo similar a la apropiación por el Estado de los clásicos bienes comunales de los pueblos, durante el siglo XVIII y XIX. El sector solidario, de las organizaciones no gubernamentales, en auge durante las últimas décadas, se proclama encargado de su defensa; en ocasiones frente al mismo sector público, aunque parezca una paradoja. Así, son frecuentes los procesos contenciosos planteados por ONG’s frente a las Administraciones Públicas, fundamentalmente en materia medioambiental.

Lo público se basa en lo político y éste trabaja a corto plazo: sólo desea llegar al viernes por al tarde, cómo decía el protagonista de la genial serie británica “Si, Ministro”. En fin, que el futuro no vota y cuando percibimos que el peligro se cierne sobre el procomún, suele ser demasiado tarde. Por eso. intuimos que debe ser objeto de protección, aunque no pueda ser objeto de amenaza, con el estado actual del arte.

Algún estudioso afina más el procomún recordando que, por ejemplo, nadie pensará en declarar bien común la órbita del planeta Tierra, hasta que se disponga de la tecnología para modificarla. Recuerde cuando pensaba que dirigir la meteorología era imposible. Los chinos ya cuentan con lluvia artificial para evitar las tormentas de arena durante la Olimpiada o la lluvia en la clausura ¿Piensa que el sol no se lo pueden quitar? Pues sepa que se estudia poner un parasol a nuestro planeta.

A diferencia de los bienes públicos puros, el procomún está sujeto a problemas de congestión o saturación por mal uso o sobreexplotación. Recuerdo cuando en mi primera lección de economía, hace ya 30 años, me explicaron que el aire no era un bien económico. Nadie podía imaginar el Protocolo de Kioto ¿Veremos cobrar por el aire, como ya se cobra por el agua mineral?

Estamos ante una nueva área de estudio que afecta a las más variadas disciplinas científicas. Abundan los grupos de investigación y las publicaciones exclusivamente dedicadas a su exploración y análisis. Cada vez más científicos quieren afrontar la tarea de su inventario, codificación y sostenimiento ¿A quien pertenece Internet? No os perdais el magnífico artículo de Juan Freire.

Al respecto es interesante la experiencia perfectamente documentada en los seminarios grabados del Laboratorio del Procomún.

Más información en el canal Tecnocidano’s y su activa web, con extraordinarios artículos.

Una versión de esta entrada fue publicada el 12 de agosto de 2008 en el diario La Nueva España bajo el título “Somos ricos“.

0 comentarios en “Los nuevos patrimonios

  1. Xuan

    Pues me parece que el “inventor” del Procomun bien podía recordar que ya existe un concepto jurídico para eso, que se llama ” Patrimonio Común de la Humanidad“. Así, en el caso de los Fondos Marinos, el Convenio de Derecho del Mar ya utiliza la noción de “Patrimonio Común de la Humanidad”, en el caso del espacio ultraterrestre lo mismo, e incluso se utiliza el mismo para referirse a los casquetes polares. Así la distinción mas correcta sería entre bienes patrimoniales, bienes de uso colectivo y bienes comunes o patrimonio común de la humanidad (los de uso colectivo son un tránsito hacia éstos). Es más, la “vida”, como bien jurídico, igual que la prohibición de la esclavitud o la piratería, son bienes tutelados por toda la humanidad, y toda la comunidad internacional lo garantiza.

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  2. Severiano Hernández

    De acuerdo con tu comentario, Xuan.

    El problema sigue siendo que unos somos más iguales que otros y que hay lugares en los que todavía tiene vigencia la canción de Pablo Milanés: la vida no vale nada. Y si, todavía, para muchos, la vida no vale nada, lo demás -ahí entran entre otras muchas, muchísimas, cosas los llamados dones de la naturaleza- menos todavía.

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