FraudeNo recuerdo en qué manual leí, dentro de una radiografía del delincuente contable o las estafas de oficina, que una característica de los malversadores era que nunca cogían la baja por enfermedad.

Estos delincuentes no tienen gripes, hacen frecuentes horas extraordinarias, van algunos domingos y tienen tendencia a ser irreemplazables. Lógico, pues durante la sustitución temporal, sus colaboradores inmediatos pueden descubrir las maquinaciones fraudulentas. Hemos bromeado sobre ello en otro artículo. El problema reside en que hay otra buena gente que también es muy trabajadora.

Hace unas horas, se ha hecho público el descubrimiento de un fraude en la Sociedad Tenedora del Museo Guggenheim Bilbao, tras la presentación hoy ante el Juzgado de una denuncia contra el Director de Administración y Finanzas. Las irregularidades comenzaron a detectarse a comienzos de este mes, tras recibir una comunicación del Tribunal Vasco de Cuentas Públicas (TVCP) solicitando la rutinaria información económica de operaciones previas a la fiscalización de que iba a ser objeto. El Museo bilbaíno encargó la recopilación de esta información a la Subdirección de Administración y Finanzas, dado que el director se encontraba desde el día 2 de baja laboral.

En los días sucesivos, se detectaron las primeras irregularidades en la documentación contable y de archivo de la sociedad, por lo que se solicitó a una entidad financiera los extractos bancarios correspondientes al año 2005, último de los periodos sujetos a fiscalización por parte del TVCP. De esta manera, se comprobó la existencia de transferencias de dinero desde la Sociedad Tenedora a otras cuentas sin justificación y se procedió a analizar si estas irregularidades podían originar acciones legales.

El defraudador, que ocupaba su cargo desde 1997 y fue despedido ayer, tras reconocer la apropiación de 486.979 euros, de los que ha devuelto 287.900. Se comprometido a devolver la restante cantidad sustraída en un plazo “no superior a tres meses”.

El diario El País (Edición Euzkadi) del 4 de abril pasado recogía que el director general del Guggenheim había presentado la primera auditoria anual sobre las cuentas de la Sociedad Tenedora -formada a partes iguales por la Diputación de Vizcaya y el Gobierno vasco para la adquisición de la colección del Museo Guggenheim Bilbao- que desde su creación en 1996 ha contado con cerca de 90 millones de euros para la compra de obra.

El informe enviado al Parlamento vasco determinó la exigencia de que la sociedad se sometiese anualmente a un control económico. El Tribunal Vasco había efectuado el año pasado un informe de fiscalización de legalidad sobre la contratación del museo, con cierto revuelo mediático.

Diario El País, 4 de abril de 2008

Demasiada perfección

Otras veces hace sospechar que todo esté muy bien. Durante los años setenta se produjo en EE UU un sonoro fraude, capitaneado por los directivos de un fondo de inversión. La estrategia fraudulenta se basaba en la adquisición de una compañía de seguros, que declaraba negocios ficticios, multiplicando sus ingresos e incrementando su cotización bursátil y por tanto el valor del fondo. Incluso vendía las pólizas a compañías reaseguradoras y hasta simulaba la «muerte» de los falsos suscriptores. Todo ello con la connivencia del centro de informática y hasta con el apoyo de su propia imprenta, donde se falseaban los certificados médicos o de fallecimiento.

El caso se incluye entre el material de los seminarios del Tribunal de Cuentas como ejemplo de la desafortunada actuación de los auditores que incurrieron en seis graves errores: tenían un cierto complejo de inferioridad frente a los triunfantes directivos; cuando descubrían algún indicio acudían al presidente de la sociedad, que era el cerebro del fraude; tenían confianza ilimitada en los empleados de la compañía; no se verificaron las operaciones entre las filiales y la matriz; las operaciones de confirmación se hacían en los locales de la compañía, que les tenía pinchado el teléfono; por último, cuando se lanzaba una comprobación de los saldos, la respuesta era del 100%, en pocas horas y siempre «de conformidad» con la contabilidad.

Conviene no olvidar que la función de los auditores no es descubrir fraudes, aunque en el asunto bilbaíno se ha propiciado su detección. En el caso de la aseguradora no encontraron ninguna evidencia y la estafa se descubrió por un cómplice descontento. La misión de los auditores es «emitir una opinión técnica» sobre si las cuentas de una organización representan fielmente la realidad. Para ello realizan un análisis sistemático de las operaciones, utilizando técnicas que les llevan a comprobar su razonabilidad, teniendo en cuenta los riesgos presentes. Tanto en el sector público como en el privado, utilizan muestreos y otras técnicas estadísticas, pero sobre todo principios y normas contables.

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