La gesta de una gota de agua

Fregaba los platos del desayuno cuando empecé a valorar que del grifo saliera agua. Con la edad uno empieza a ensimismarse con cualquier tarea. Enseguida evoqué aquellos manantiales y lavaderos que eran recorrido obligado en tantos pueblos para realizar esa tarea o abastecerse de agua potable, hasta su actual canalización y suministro doméstico. 

Pienso en la profesión de aguador, que existió formalmente en España hasta los años cincuenta. Su oficio estaba bien regulado pues llevaban, por un precio, el agua desde las fuentes a los hogares de las familias que lo podían pagar. Un servicio público cuyo mejor exponente es el detallado reglamento madrileño de 1874 que disciplinaba un antiguo gremio donde la inmensa mayoría procedía de Asturias, como expuso Eduardo Lagar. Un oficio esforzado (cargaban toneles al hombro) ejercido con licencia municipal que se traspasaba o heredaba. Fueron retratados por Goya y Velázquez y contamos también con destacadas referencias literarias de escritores desde el siglo de oro.

Oviedo contaba ya en el siglo XVI con su acueducto desde los manantiales de la falda del monte Naranco. Con más de cuarenta pilares atravesaba la ciudad por el Campo San Francisco hasta llegar al casco antiguo donde nutría varias fuentes. Recuerda la investigadora Cristina Heredia que el agua corriente de una ciudad era el mejor síntoma de prestigio social. Demolido en 1915 -con la feroz oposición del Rector Fermín Canella- para facilitar el ensanche de la ciudad y la expansión de la estación del ferrocarril; se conservan hoy cinco arcos como testimonio de la magnificencia de lo que fue (Mª Isabel Pastor Criado) la mejor obra española de este tipo.

Oviedo a principios del siglo XX

Siendo importante esta evolución en el ámbito sanitario y de comodidad aun lo es más en la limpieza de la ropa. Hasta el siglo pasado, el lavadero jugó un relevante papel mejorando las condiciones de las mujeres en la dura tarea de lavar las prendas, como recordaba Dani Cueli en su obra «Los Llavaderos del conceyu de Piloña» (Belenos, 2015) a cuya presentación asistí entonces en el precioso lavadero de Los Caños, en Infiesto. El libro supone toda una enciclopedia sobre los numerosos lavaderos que el autor ha inventariado y divulgado con sus fotos, que amplió después a la comarca de la Sidra y a Siero.

Dani Cueli presentando su libro en 2015

Cada lavadero es una joya llena de historias. Es habitual encontrarlos integrando un conjunto con su fuente, cubiertos por un tejado y conformando una obra que, en bastantes ocasiones fue costeada por los indianos. Los datos manejados por José Manuel Prieto, profesor de la Universidad de Oviedo, reflejan un total de 312 infraestructuras hidráulicas en cuya financiación hay participación de los emigrantes: 90 lavaderos, 168 fuentes y 54 abrevaderos.Desde luego, cuán duro trabajo realizaba en ellos la mujer hasta mediados del siglo pasado; lugar de conversación donde enjabonaban y aclaraban las prendas, que aún recuerdo se llevaban en baldes apoyados sobre cabezas. Hubo toda una cultura de la alfarería del agua, como nos muestra los recipientes que acompañan, en el Mercado de El fontán, en la escultura de Favila (1996) sobre las vendedoras de artesanía.

Las vendedoras de El fontán de Favila, 1996

Por cierto, la inteligencia artificial nos deja dos valiosas lecciones escultóricas. La primera es concebir una llamativa estatua de bronce que muestra muy bien todo ese esfuerzo femenino, donde una madre carga a sus espaldas con multitud de instrumentos de sus tareas domésticas -desde una lavadora hasta vasijas y utensilios de cocina o limpieza- mientras cuida de sus hijos, como podeis contemplar en la foto final de esta entrada. La segunda lección es una maldad -bastante humana- al atribuir falsamente a J. Plensa su autoría y ubicarla en la confluencia de dos conocidas avenidas de Barcelona, donde no es infrecuente encontrar algún despistado buscándola. Un buen ejemplo de la viralidad de las redes sociales y la abundancia de imágenes falsas que han generalizado la sospecha visual. Es una pena que no exista físicamente porque es magnífica.

Termino estas reflexiones recordando a Salek, el niño saharaui que acogimos en mi familia un verano de los años noventa. Miraba el grifo con una mezcla de respeto y entusiasmo pues supongo que en los campos de refugiados polisarios hay que hacer una buena caminata para abastecerse. Así pues, disfrutemos de algo tan simple -aparentemente- como el chorro que se vierte en el fregadero, proeza final tras un largo camino físico, histórico y cultural.

Hemos superado, no hace mucho, esa dura etapa. Termino con la advertencia del escritor Michael Hopf: «Los tiempos difíciles crean personas fuertes; las personas fuertes crean tiempos fáciles; los tiempos fáciles crean personas débiles, y estas crean tiempos difíciles».

La inexistente estatua de Plensa

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Comentarios

2 responses to “La gesta de una gota de agua”

  1. Avatar de Raquel González
    Raquel González

    Antonio, ¡es fantástico!, yo que nací al lado de un río…

  2. Avatar de vitor caldeira
    vitor caldeira

    Gracias por tu reflexion, António! Un abrazo Vítor

    Enviado do meu Galaxy

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