Éramos felices y no lo sabíamos

Pocas veces escribí un artículo comenzando por el título. Es probable que sea la primera ocasión. Acostumbro a empezar poniendo ideas y párrafos sueltos en el folio digital en blanco. Después, allá por la mitad del texto, cuando se empieza a vislumbrar el argumento suele ser el momento que permita anticipar su contenido con un sugerente encabezamiento.

Hace casi 20 años, titulé que había desaparecido la torre Eiffel. Trataba de interesar al lector en la crítica del Tribunal de Cuentas francés frente al ayuntamiento parisino que no tenía inventariado el icono férrico de la ciudad. Mi objetivo era hablar de finanzas públicas ordenadas. Cuanto más duro es el contenido mayor debe ser la imaginación en los primeros compases, porque, como en las grandes batallas decimonónicas, los lectores se van cayendo mientras se avanza.

Mi record de títulos originales en La Nueva España se lo adjudico a “5 x 8 = 40, y me llevo 2” donde glosaba el enorme desfalco descubierto hace diez años en la unidad de recaudación de un importante Ayuntamiento gaditano. En fin, el apostolado de la fiscalización pública tiene sus exigencias divulgativas. 

En ocasiones el reclamo tiene tanta fuerza que casi es innecesario continuar. Basta con que cada uno pueda reflexionar sobre algún aspecto del que trata para que la tribuna cumpla su cometido. Abrir una puerta y que cada cual discurra por su propia experiencia. Así que no me atrevo hoy a comprobar en el buscador si alguien tituló de igual o muy parecida manera. No lo haré porque casi estoy seguro de que, durante esta pandemia, mi actual sensación tiene muchos precedentes. Sería una pena desecharlo. Me gusta.

Hablando de auditoría y felicidad con Antonio Minguillón que visitó Oviedo hace unis días

La felicidad parece un tema complejo, aunque no falta quien lo entiende agotado. Durante 72 años, los investigadores de la Universidad de Harvard siguieron a 268 hombres que accedieron a ella en 1938. La guerra, su carrera profesional, su matrimonio (y el divorcio) la paternidad y la vejez. Su estudio, dirigido durante décadas por George Vaillant, ofrece una profunda visión de la condición humana para concluir sencillamente y en sus propias palabras: “75 años y veinte millones de dólares gastados en el estudio apuntan … a una conclusión sencilla de cinco palabras: ‘La felicidad es amor. Punto final”. A pesar de tanta contundencia, continuamos la exposición.

El tema propuesto hoy nos resume algo que, con seguridad, también el lector consideró durante estos días de pandemia. Al menos cuando el telediario nos incomoda cada día presentando a un grupo de personas besando la arena de una playa en la costa española, tras saltar desde una patera atestada y recién arribada. Entonces advertimos que vivimos bien, comparados con algunos vecinos del sur.

En esta ocasión, nos damos cuenta de que ya no podemos hacer planes como antes. Entonces fijábamos el número de asistentes de nuestra boda. Hasta gozábamos apiñados en el campo de futbol, unos porque promocionaban y otros porque no descendían de categoría. La cuestión era estar con otra gente, un hábito que ahora las circunstancias nos obligan a restringir. Sobre todo, disfrutábamos en grupo del bar, que es nuestra verdadera industria nacional. En versión astur: una sidrería con su barra atestada que no tiene nada comparable en el mundo civilizado. También está nuestro chigre de toda la vida y hasta la versión castellana del mesón que tan buenos momentos literarios ofreció en el Siglo de Oro.

La primera vez que viajé a Francia me sorprendió lo silenciosos y aburridos que eran sus caros restaurantes. Alguien me dijo entonces que nuestra bulliciosa hostelería era la aportación hispana a la cultura popular, equiparable a la cristianización americana. Somos la nación del mundo con más bares por habitante y, con la pandemia algún estudio anticipa el próximo cierre de la cuarta parte de ellos. Algo tendremos que hacer.

La hostelería, quiérase o no, es el verdadero motor del empleo en la economía española. Ya lo exageraba la canción de Joaquín Sabina: sólo en la plaza madrileña de Antón Martín hay más bares que en toda Noruega. Algo que representa espléndidamente nuestro peculiar y entrañable modo de concebir la vida en sociedad. Ese arte mesonero que Sabina conocía como nadie cuando habitaba en el submundo noctívago y hasta se creó en su honor una ruta en Madrid con sus garitos habituales.

La Asociación de Hostelería de Madrid, por ejemplo, se funda en 1882 y es anterior a nuestro código civil ¡Qué simbólico! Así, no nos debe extrañar que, como ocurrió anteriormente con la dieta mediterránea, la taberna española sea ahora candidata a patrimonio de la humanidad y ya se están recogiendo firmas para solicitarlo. A ver si llega el premio en vida, permítanme la impertinencia.

En fin, nos vemos por los bares (Celtas cortos) donde compartimos soledades y hacemos planes. Así, la servilleta del contrato del niño Messi hace 20 años que pasa a los anales del deporte como un ejemplo oportuno de improvisación tabernaria. Un punto de encuentro que igualmente aloja tertulias políticas o literarias, citas amorosas o profesionales. Sin olvidar los más entusiastas forofos de algún equipo que constituyen una peña deportiva.

Todavía escuchamos, de vez en cuando, a algún veterano aludiendo a un bar o sidrería donde “paraba” y que indicaba su visita frecuente y su amistad con tantos otros que allí paraban. No quedaban en verse; sencillamente iban y casi todos estaban. Hoy, la mensajería del teléfono móvil ha puesto más fácil quedar.

Salvemos la hostelería y seremos más felices. Forma parte de nuestras vidas. Como dice el último anuncio de la chispa de la vida, cada vez que se cierra un bar se pierden para siempre 100 canciones y los goles por la escuadra salen lamiendo el palo. Imposible decirlo mejor.

Publicado en La Nueva España el martes 13 de octubre, día de la hostelería.

4 comentarios en “Éramos felices y no lo sabíamos

  1. Carlos Pinna De Assis

    Caro Antonio,

    Conte com seus admiradores brasileiros nessa cruzada pelos bares da vida.
    Estou feliz porque nos encontraremos no evento de São Paulo, na próxima semana.
    Até lá.

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  2. Jesús Ángel Ibarreche

    Se tenía que decir y se dijo, D. Antonio. Y muy buena autorreferencia a algunas de sus publicaciones antiguas con cuya lectura he disfrutado (soy seguidor reciente). Saludos, y salud.

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  3. Pingback: Inteligencia universitaria – Fiscalizacion.es

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