Leo en el blog de Miguel Carrión un interesante artículo dedicado a la mentira en política. Una práctica que todos intentamos detectar escrutando los gestos faciales o las expresiones de los dirigentes públicos. Como las emociones se reflejan en el rostro humano y nacen en la amígdala del cerebro, transmitimos información sobre nosotros mismos de forma automática.

¿Son los políticos mentirosos natos? Convincentes en sus discursos, la facilidad para la oratoria y el debate público son sus principales herramientas. Con ellas sobreviven a comprometidas preguntas en las conferencias de prensa y en la contienda parlamentaria o municipal. Su talento es útil tanto para el engaño cotidiano como para la mentira de Estado; como para el futbolista dar patadas a un balón, convencer forma parte de su negocio.

Para estudiar estos comportamientos se están utilizando detectores de mentiras políticas analizando los discursos electorales, con potentes herramientas informáticas. Aquí podéis ver (en inglés) el análisis de los recientes debates en el Reino Unido y aquí el análisis de la contienda Obama- McCain. Se basan en los indicadores de Spin: por ejemplo, el recurso a grandes generalidades vagas, sin precisar detalles o introducir matices; el recurso a la primera persona plural en vez del yo o la invocación de palabras con un alto contenido emocional. La capacidad de usar altos niveles de Spin sin parecer una persona falsa es, por descontado, lo que hace bueno a un actor.

Año 1962. Imaginen la reunión del Presidente Kennedy con Gromyko, el ministro de asuntos exteriores soviético. En el despacho oval éste aseguraba con firmeza y naturalidad que no había misiles en Cuba. Kennedy tenía en el cajón de ese despacho las fotos acusadoras y prefirió callar para ganar tiempo preparando el bloqueo a la isla, cuatro días después. En la foto superior podéis ver la “distendida” rueda de prensa conjunta en la Casa Blanca, que pasa a la historia como la madre de todas las mentiras, con permiso de las armas de destrucción masiva.

Hay culturas, como la española, más tolerantes al engaño, incluido el del político. Es más habitual si cabe, en la vida administrativa, donde gastamos otro trascendental recurso: la exageración. Añadiría: tan criticable como imprescindible si quieres llevar a cabo cualquier proyecto. Se promete que se cumplirá un objetivo, un plazo o un presupuesto, porque lo importante es entrar, licitar o aparecer. Luego vendrá el problema de cumplir con modificaciones de presupuestos o de contratos inverosímiles.

Parece que no es posible el éxito sin la exageración. Forma parte de los riesgos que asume la Alta Dirección. ¿Recuerdan la explosión en el despegue del Challenger, en 1986? Los ingenieros habían advertido al director de propulsión de la NASA del alto riesgo, ante el frío de esa noche que podía dañar las juntas de goma. La Comisión de investigación, que exculpó del desastre al director de despegues, lo enmarcó en la presión habitual de los directivos públicos: exagerar lo económica que sería la lanzadera, exagerar la frecuencia con la que podía despegar, exagerar lo segura que sería o los grandes avances científicos que podría impulsar … y entendió que para conseguir el proyecto, la NASA usó (abusó) del recurso a la exageración. En ese marco pensaron más como directivos que como ingenieros.

Ya hemos reiterado en esta bitácora que auditores o interventores son esos aguafiestas que nunca se dejan llevar por la euforia colectiva o la exageración, lo que implica enfrentarse a los chicos “guay”. Por ello, una de sus principales cualidades es decir “no” a tiempo. Muy necesaria estos días, que asistimos en los ayuntamientos a la discusión de planes de saneamiento y presupuestos bastante menguados.

Una versión de esta entrada fue publicada en La Nueva España, con el título de “Mentiras arriesgadas“.