Ramón Muñoz ÁlvarezCuando usted termine de leer esta entrada, pensará porqué no la he titulado “Ha muerto Ramón Muñoz Álvarez“. Pues sencillamente porque a Ramón no le hubiera gustado. Lo sé muy bien porque tuve la fortuna de compartir muchos ratos con él. Los vuelos internacionales te permiten hablar durante horas y horas de avión. Y a Ramón le gustaba charlar porque sabia de todo. Era polemista, heterodoxo y autocrítico. Un chollo para cualquier aula que desea evitar el monótono sesteo ante una mesa redonda.

Hablamos, entre otras cosas de la muerte. A finales de los años setenta, Ramón había ido a una congreso Internacional en el África profunda con su inseparable amigo Hubert Weber. Como era un heterodoxo y siempre iba por libre, algo armó que estuvo a punto de ser devorado por unos cocodrilos ¿sabéis que fue lo primero que dijo tras salvarse milagrosamente? “No sé como hubieran explicado en el Tribunal de Cuentas que me había tragado un cocodrilo. Muchos pensarían que era mentira …”

No tenía miedo a la muerte porque, según él, ya había muerto en otra ocasión en un espectacular accidente de circulación, donde tuvo la visión de quienes regresan de la muerte, con ese túnel y una luz al fondo: “explicable por la falta de oxígeno en el cerebro”, me confesó.

Ramón se había jubilado en enero de 2007, tras 49 años y once meses de servicio público, como dejamos constancia en la bitácora, concediéndome el honor de ser maestro de ceremonias en ese acto. Toda su vida como funcionario del Tribunal de Cuentas que culminó como Consejero de esa Institución entre 1991 y 2000, para ser nombrado, el año 2001, Presidente de la nueva Cámara de Cuentas de Madrid, cargo que desempeñó hasta mediados de 2004, cuando fue inesperadamente “dimitido”. No quiero pensar lo que Ramón me hubiese dicho, si hubiese podido leer este último párrafo. Cuantos matices semánticos (era un extraordinario filólogo e historiador) y administrativos. Pero dejémoslo estar.

Ramón Muñoz siempre estuvo a la vanguardia de los trabajos y los esfuerzos dedicados a las tareas de cooperación internacional. Hubert Weber le tomaba el pelo diciendo: “Ramón, la semana pasada estuve hablando para unos de tus hijos”. ¿Cómo? “Si, para EUROSAI“, le contestaba aludiendo a la organización europea de Tribunales de Cuentas estatales.

Ramón y Hubert impulsaron aquella famosa Declaración de Lima, de 1977, que es considerada la Carta Magna de la Fiscalización. Un verdadero compendio de recomendaciones sobre las Instituciones fiscalizadoras nacionales. En palabras del propio Ramón: “tuvo desde el primer momento vocación de Declaración Universal de los principios básicos de la fiscalización, de acuerdo universal acerca de las normas básicas del control, y ha representado, dentro de la cooperación institucional e internacional y dentro del desarrollo democrático de los países, un paso gigantesco en la concepción moderna del control o fiscalización públicos”.

El propósito esencial de la Declaración de Lima consiste en defender la independencia en la auditoría de la Administración Pública. Ramón nunca me hubiera permitido utilizar el término auditoría o control como sinónimos de fiscalización. De hecho, poca gente sabe que este blog lleva el dominio www.fiscalizacion.es en honor suyo. Unos de los mejores artículos escritos sobre el tema es éste, que hizo para el simposium que anualmente celebrábamos en la Universidad de Salamanca y que se publicó en la Revista Española de Control Externo nº 14 de 2003. Una verdadera joya que rezuma sabiduría en cada párrafo.

Homenaje-Ramón

De sus amplios conocimientos del mundo de las instituciones de fiscalización dejamos constancia muchas veces en esta bitácora. Así, en su reseña de las Cuentas de Cervantes, que tanto gusta a nuestros hermanos latinoamericanos. Era lector asiduo de Unamuno, con cuyas frases cerraba sus conferencias y capaz de cantar gregoriano (como podéis constatar en este video) después de lustros sin practicarlo.

El propio Miguel Herrero de Miñón dice, en uno de sus libros, que el art. 136 de la Constitución Española debe a Ramón Muñoz el reconocimiento de la jurisdicción contable para el Tribunal de Cuentas, que hizo sentir a los ponentes su necesidad. Esto le daba una mezcla de orgullo y desazón, porque durante sus últimos años había extremado sus críticas al actual sistema de control. Tampoco tiene desperdicio este artículo suyo: “Constitución y Tribunal de Cuentas: anecdotario“.

En fin, que la Declaración de Lima, la jurisdicción contable y la fiscalización, ayer también han muerto un poco con mi amigo Ramón.

Fiscalizando