El despido interior.

La afirmación de la vicepresidenta de la Confederación Española de Directivos, Pilar Gomez Acebo, en el diario “El Economista” del 15 de octubre nos permite abordar nuevamente el clima laboral como motor de eficiencia en las Administraciones Públicas.

Las grandes organizaciones son entidades complejas integradas por personas con motivaciones diversas. Pueden buscar cierta seguridad o la realización o el reconocimiento personal y hasta la contribución en algún objetivo colectivo. El secreto del éxito es, como dice el titular, el buen trato al personal. Sin embargo, todos sabemos que, por diversas razones, este no es el escenario más frecuente.

¿Qué razones pueden inducir a un empleado a rendir por debajo de sus posibilidades?

En el sector privado, un estudio realizado por la consultora Otto Walter en noviembre de 2005 entre 1.836 profesionales españoles, ante la pregunta “¿Cuánto estás rindiendo respecto a tu potencial?” mostró que la mitad de los encuestados españoles afirmaba no superar ni el 70% del su potencial y tres de cada cuatro creían no superar el 80% del potencial.

Una explicación es la frecuencia con que sus miembros sufren grandes tensiones emocionales. Hay jefes que evitan las relaciones personales con sus colaboradores bajo el pensamiento: “sois profesionales, no necesitáis que se os motive, ya os pagamos por hacer vuestro trabajo”.

Surgen los ambientes de trabajo fríos e impersonales, que pueden conducir a algún empleado al denominado “despido interior”. Hay un manual que recomiendo a quienes sufren este síndrome, del que es autor Lotfi EL-Ghandouri (Editorial Alienta, 12€, 192 páginas).

El despido interior.

Esta situación puede ser vivida durante las diferentes fases de la vida laboral: como becario, como nuevo empleado o directivo e incluso como presidente del Gobierno, pues nadie está al margen del fenómeno y puede experimentarlo con diferente intensidad y duración.

Lotfi EL-Ghandouri establece la carrera administrativa como un ciclo en el que periódicamente se pone a prueba nuestro nivel de entrega. Nadie está a salvo de conflictos laborales, que pueden producir un refuerzo o una derrota de nuestras posiciones profesionales.

En esta evolución, el despido interior es una derrota-caída en escalera. El primer escalón que se desciende tras una decepción es el correspondiente al compromiso. El empleado se limita a sus obligaciones laborales, cumpliendo los objetivos pero sin superarlos.

Si no lo recuperamos, la siguiente derrota entregará su participación. Y con ella la proactividad y la capacidad de iniciativa. El empleado trabajará “al ralentí”, bajo mínimos. ¿Puede empeorar la situación? Si, claro, puede bajarse otro escalón: el de la retirada o del rebelde pasivo, esperando que las circunstancias mejoren algún día, que nunca llega. Su tema favorito es la jubilación y confiesa abiertamente que la aceptaría a cualquier coste.

Cuando la situación parece insostenible, nuestro querido empleado o directivo cree que no puede aguantar más y desciende el peldaño final: la resignación. Como no puede hacerse nada para recuperar sus expectativas en la organización, se rinde y queda definitivamente enredado en el despido interior, pierde su autoestima y se llena de pensamientos negativos. Por eso hay que pelear. Que la vida es muy divertida.

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